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Opinión

Aprender

Dijo el arquitecto Louise Isadore Kahn que la luz artificial es sólo un breve momento estático de la luz, es la contaminación lumínica de la noche. Por lo tanto nunca puede igualar a los matices creados por las horas del día, el reflejo natural de la luna y la maravilla de las estaciones. Y el fútbol, cuya base surgió como elemento de ocio, diversión; que por un tiempo perteneció a la gente, hace ya bastante que perdió ese sentido de pertenencia a los niños, a la calle. Ya en sus orígenes, durante su expansión al resto del planeta por mar y ferrocarril, en la transición del amateurismo al profesionalismo, tuvo que afrontar el tremendo impacto de los imparables factores sociales y económicos que generaba su globalización. Posiblemente por el citado tránsito perdió parte de su magia, identidad y espontaneidad, pero aunque se convirtió en espectáculo y negocio, el barrio, los colores y la identidad, siguieron asiendo el hilo de la cometa de su esencia.

Hasta no hace mucho lo que hacía más identificable a un club era su relación con la hinchada, la construcción de una identidad vinculada en muchos de los casos al estilo de juego. Hace dos décadas a Italia se la conocía por una identidad, a Brasil por otra, a Inglaterra por otra, a Alemania por otra… Así mismo, los clubes también poseían su propia identidad, pero con el nuevo milenio, los jugosos contratos de televisión, de patrocinio y la irrupción de la inyección económica de nuevos ricos y clubes estado, ha perdido prácticamente toda su naturalidad para convertirse en puro artificio y artificialidad.




El sueño de ser futbolista de los niños, el amor por los colores, la vinculación generacional de los aficionados y los socios a los clubes constituye ya un viejo adagio. Hoy los futbolistas son celebridades que prácticamente sin demostrar nada aspiran al contrato de su vida.  Sus agentes son tiburones de un negocio cuyos goles se cantan más en Wall Street que en las gradas. Los selfies y followers de sus representados llegan a cobrar incluso más relevancia que su desempeño en el terreno juego.

El aficionado es un cliente, el club una multinacional, no cabe duda que el fútbol tiene que adaptarse a los nuevos tiempos, pero olvida que la luz del fútbol es aquella que hacía al niño salir a jugar hasta el anochecer. Hoy la luz es artificial, la de aquellos millones que provocan que jugadores se declaren en rebeldía, se nieguen a entrenar, pasándose por el ‘Arco del Triunfo’ los contratos firmados y su impostado amor a los colores. En el fútbol actual todo se puede comprar, aquellos que ahora se quejan de que los clubes estado les arrebatan el talento a golpe de talonario, teatralizan un ejercicio absoluto de cinismo, puesto que fueron ellos los que con anterioridad abusaron de su poder para hacer exactamente lo mismo.

El Barcelona, que en una buena parte de su historia fue un club poderoso y comprador, llegó a descubrir -Cruyff mediante-, que a su ya conocida fortaleza económica podía sumar una fórmula de éxito basada en una idea de juego, una identidad extrapolable de lo deportivo a lo económico con la suficiente capacidad como para ser productiva logrando acercar incluso el fútbol a la gente. De hecho ser de La Masía llegó a constituir un ejemplo muy prestigioso y didáctico a nivel mundial, pero como dijo Johan, para dar continuidad y regeneración a la misma se precisaba de unos dirigentes y un organigrama deportivo con la suficiente preparación e inteligencia como para adelantarse a los acontecimientos. Johan ya no está, pero con su conocimiento, diez años adelantado al resto, legó en una sola frase lo que acontecería: “Si no sabían por qué ganaban, cómo van a saber por qué pierden” Todo el mundo conoce de quién es el negocio fútbol, -del que tiene el dinero y ostenta el poder- desde el profesionalismo siempre fue así, pero la esencia del fútbol podía seguir perteneciendo a la gente. De hecho hubo un tiempo en el que el momento cumbre de la semana era el partido porque era el escenario en el que sucedía algo extraordinario.

[bctt tweet=»Al pagar más de cien millones por chicos de veinte años se vende artificialidad.» username=»OlympoDeportivo»]

Hoy lo extraordinario acontece antes de los partidos, en los despachos, se compran banderas, futbolistas, sentimientos, clubes, incluso títulos, pero comprando este fútbol, esta locura en la que se pagan más de cien millones por chicos que apenas llegan a los veinte años, se vende fundamentalmente artificialidad. La gran diferencia radica en proceder y trabajar con la suficiente sabiduría como para mostrar al resto del mundo que se puede competir y ser grande enseñando, intentando recuperar valores encaminados hacia la verdad perdida respecto a quién debe pertenecer realmente este juego. Eso es lo que hizo durante un periodo de tiempo el Barcelona, lo que ha dejado o no ha sabido hacer y, lo que hicieron muchos de los grandes equipos que pasaron a la historia con un modelo de juego u otro, pero con un sello absolutamente identificable.

Cuando llegó Cruyff en 1973 el Barcelona era uno de los grandes clubes en cuanto a presupuesto, pero fundamentalmente un club perdedor, pues llevaba 30 años sin ganar una liga. Por ello resulta tan sorprendente el hecho de que una vez que aprendieron a ganar no hayan seguido poniendo en práctica el modelo que resolvió la ecuación de la razón por la que perdían. Los desastres no son inevitables, no cuesta nada concebir un universo paralelo en el que el Barça no hubiera dilapidado sus señas de identidad. Es más, cuando el equipo azulgrana reinaba en Europa, nuevos ricos invertían fortunas y Florentino –que hoy ya sabe de quién es el fútbol- recurría a toda la galaxia para evitarlo.

Para los azulgranas resulta duro regresar al pesimismo, estado natural del culé A.C. -antes de Cruyff-, comprobar cómo Florentino ha aprendido la lección. Los aficionados de los equipos modestos, los que estamos acostumbrados a perder, sabemos de primera mano que la derrota es mucho más literaria que la victoria aunque esta sea más feliz. Y lo del Barça de un tiempo a esta parte, especialmente intensificado en este mercado de verano, es puro sainete. Pues no existe nada más literario que un club que cuenta con uno de los mejores jugadores de la historia en sus filas vuelva a sentirse perdedor.

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