Reportajes

Aritz Aduriz, cuando el gol es Catedral

Marcar goles con la camiseta del Athlétic, y dejar huella como goleador con la citada zamarra, no es un asunto baladí. Ser el delantero centro del conjunto vasco constituye todo un ejercicio de aprecio de la vieja tradición de antaño. No en vano el gol en el Athlétic se escribe con la P de Rafael Moreno “Pichichi”, que da nombre al trofeo que gana cada año quien logra más tantos en La Liga y que, paradójicamente, con sus 78 tantos, no aparece en las estadísticas, puesto que 68 de ellos los firmó en el Campeonato regional.

Los goles en el Athlétic son como el cuadro que se exhibe y exhibió en la Vieja y Nueva Catedral de San Mamés, aquel en el que se recuerda al bueno de Rafael. Por tanto son palabras mayores, letras con mayúsculas, como aquella que cierra el alfabeto, esa Z de Pedro Telmo Zarraonaindía Montoya, Don Telmo Zarra.

Viejo, bueno y grande

Golear en el Athlétic es una cuestión de pura nobleza, vieja tradición popular. Precisamente el apellido Zarraonaindía en euskera encuentra su etimología en una triple acepción: Zarra (de zaharra, viejo), on (de ona, bueno) y andía (de handia, grande). Triple acepción que define a la perfección lo que constituye marcar con la camiseta del equipo con mayor y más fiel tradición a sus orígenes en la historia de la Liga y el fútbol español.

Dicen, cuentan los lingüistas, que el euskera encuentra sus orígenes en los sonidos de la naturaleza, y ser sucesor de Zarra (ser viejo, bueno y grande como “la segunda mejor cabeza de Europa después de Churchill”) posee un significado único, prescrito y delineado por la propia naturaleza del goleador vasco. Aduriz pertenece por derecho propio a esa saga legendaria y podría perfectamente haber integrado aquella inolvidable línea de mosqueteros -segunda gran delantera del Athlétic- que hicieron del gol historia y profesión.

Gol en clave zurigorri

El gol en clave zurigorri constituye el viaje de la tierra al cielo, de la raíz al árbol, de la grandeza a la pequeñez. No en vano en la Villa de Bilbao, aquella que nace al borde de la ría y queda rodeada por dos cadenas montañosas, se recuerda el gol por los trabajadores vizcaínos del puerto que se unieron a aquellos ingleses que trajeron su deporte a bordo de los viejos pataches. Para jugar al football, al goal, para convertirse en el pequeño y gran goleador, en Dani Bazán o Fernando Llorente e Isma Urzaiz, pasando por Bata o Unamuno; sin olvidar a «El Txato», “El Torito” Arieta, que durante quince años fue el delantero centro que firmó con su imponente fortaleza 170 goles como una catedral. Como viejas estampas, instantáneas que cautivan, que roban suspiros, que generan asombro, pues el gol es el todo y la nada.

En Bilbao, cuando se habla de gol, todo el mundo retrotrae su memoria a dos mundos, al del portero y al del goleador. O lo que es lo mismo, a Iribar o Telmo Zarra. Y todo aquel que haya conseguido pertenecer a uno de ellos, del vasto y vasco universo zurigorri, merece todo reconocimiento y la significación de leyenda.

Por todo ello, porque Aduriz ha adelantado que su carrera encontrará su punto a final al término de la próxima campaña, el otrora joven promesa de Donostia, cuyos padres- monitores de esquí- le inculcaron el amor al deporte, ha de tener un hueco en la dotación de estibadores portuarios que en el muelle de Bilbao quisieron jugar al gol, para hacer historia en la hierba sagrada de San Mamés.

Queda lejana su pasión por el esquí de fondo, disciplina deportiva en la que se proclamó subcampeón de España con solo nueve años. Más aún sus primeros goles con el Antiguoko en 1994, equipo de barrio de San Sebastián en el que descubrió que el fútbol era el mejor deporte para desarrollar su pasión. Parece haber transcurrido una eternidad desde que empezó a marcar goles con el modesto Aurrerá de Vitoria y, la historia de un tiempo ya huido su fichaje por el Athlétic en 2002, año en el que debutó en Primera División.

Cultura y cátedra del gol

Diecisiete años para un profesional del gol. Un zurigorri de corazón que no siempre vistió los colores de su equipo, pero a los que jamás dejó atrás. El Burgos (2003-2004), el Real Valladolid (2004-2005), el Mallorca (2008-2010) y el Valencia (2010-2012), tuvieron constancia de su capacidad para hacer trajes de madera a los porteros. El delantero de la eterna y segunda juventud, aquel del tiempo y no tiempo.

Aduriz representa toda la tradición (la de ahora y siempre) a sus 39 años: se encuentra a diez partidos de llegar a los 400 y con la firma de 171 goles con la casaca rojiblanca. Así, si algo demostró, es que tal tradición no se hereda, sino que se conquista, en su caso, gol a gol.

La fuerza del que fue bautizado causalmente –que no tan casualmente- con el nombre de Aritz, cuya etimología en euskera encuentra su significación vinculada a la dureza de la roca y la fortaleza del roble, construido con rocas milenarias y vigas y pilares de ese árbol, que unifica a una cultura fantástica. La cultura y cátedra del gol, un estallido de júbilo y sentimientos que en Bilbao son tan grandes y solemnes como una Catedral.

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