Opinión

Caballé, Mercury, y el juego de los dioses

“Lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir”. La citada frase de Miguel de Cervantes viene a la perfección para sustentar la hipótesis de aquellos que creen firmemente en el destino, en la causalidad. Dicen, cuentan estos, que todo está escrito y que en el momento de nuestro nacimiento comienzan a establecerse las conexiones necesarias en el rodar de las vidas de aquellos que están predestinados para cruzarse en su camino vital tanto para bien como para mal.

En el caso que nos ocupa esa presunta ley de la causalidad posibilitó que dos de los mejores intérpretes de la historia de la música aunaran sus respectivos dones para cantar, elevando al plano de eternidad el que es y ha sido considerado como uno de los mejores eventos deportivos de la historia y más en concreto de los Juegos Olímpicos Modernos. Los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, absolutamente brillantes tanto a nivel deportivo como de organización, que no solo lograron cambiar la fisonomía y modernidad de una ciudad abierta al mundo, sino que la situó en un destacado lugar a nivel mundial.

En tiempos de unión y apertura de fronteras, en lugar de alzamientos de muros, Barcelona, Catalunya y España trabajaron juntos para que los mejores deportistas de la época pudieran brillar, y como demostró el equipo de básquet que presentó a la cita Estados Unidos, hacer ver al resto del mundo que el deporte se podía convertir en todo un sueño hecho realidad…

De lo que no cabe duda es que aunque se pueda pensar que aquel momento estaba escrito en las estrellas, la complicidad del instinto, la voluntad, más el contexto histórico y social que se vivió, hicieron posible aquello que luego sí que quedó escrito en las estrellas. La metáfora más bella de Barcelona’92 no fue la flecha que lanzó Antonio Rebollo para encender el pebetero, tampoco los seis oros de Vitaly Scherbo, la imagen de Fermín Cacho cruzando la meta como figura icónica de los mejores Juegos de la historia del deporte español, sino la historia de una canción.

Mercury vs Caballé

La canción que unió las voces de Freddy Mercury y Montserrat Caballé para dejar sin habla al planeta, abriendo para siempre al mar a Barcelona. Y aunque se puede hablar de causalidad y casualidad, a Mercury su incondicional admiración por Montserrat, -la niña pobre con voz de ángel a la que un mecenas le proporcionó los medios educacionales para desarrollar su don- le atrapó en 1983 cuando en la Royal Opera House de Londres, en una representación de Un ballo in Maschera, de Verdi, la pudo escuchar por primera vez. Desde aquel momento el libre albedrío y la locura de Mercury por la música y por la que el cantante de Queen sentía por ‘Montsy’, hicieron posible que ambos pudieran cruzar sus caminos para hacer un tema inmortal.

Mercury envió insistentemente mensajes a través de sus representantes a la cantante barcelonesa y, aquella a la que un día María Callas señaló como su sucesora natural, acabó sucumbiendo a la curiosidad que le generaba el histriónico y genial rockero de Queen. De tal manera que en 1987 Mercury se presentó en el Hotel Ritz de Barcelona con su productor, Mike Moran, para en un piano demostrar a ‘la Caballé’ el tremendo músico que era. Se conocieron aquel día y el vehículo que les unió fue el tema Exercises in Free Love; de aquel encuentro surgió la amistad entre dos genios y sobre todo el embrión de una canción eterna, un himno inmortal.

Un himno que jamás se pudo cantar, pero que quedó grabado a fuego en la memoria colectiva de los amantes de la música, pero muy especialmente del deporte y de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. De aquel encuentro surgió Barcelona; Caballé a la que Pasqual Maragall ya había encargado un himno para la inauguración de la histórica cita, vio en Mercury, ese destino hecho música, hecho causalidad.

Quedó impresionada por aquel excéntrico que en las distancias cortas era un tipo sencillo, normal. Y surgió la magia, en un nuevo encuentro ya en Londres en casa del rockero, en el que con letra y música creadas por Mercury y Mike Habiten se creó la causal Barcelona. Por entonces aun no escrita en las estrellas, la canción que les unió fue la que acabó sellando una paradoja. La paradoja de un abrupto final, de una carrera a contrarreloj contra el destino en el que la cómplice amistad surgida entre la diva y el genio, mantuvieron en secreto la enfermedad que se llevó por delante a Mercury. Sin poder cantar junto a Montserrat el que iba a ser el himno de los Juegos de Barcelona de 1992, que encandiló tanto al alcalde como a los miembros del Comité Olímpico Español.

Desgraciadamente Mercury falleció ocho meses antes de la inauguración de los Juegos, y la organización optó por Amigos para siempre que cantó Josep Carreras; pero Barcelona, primera canción del álbum homónimo y aquella con la que iniciaban conexión las televisiones de todo el planeta para las retransmisiones, se convirtió en la más bella metáfora de aquellos Juegos. No en vano tanto el inglés como la barcelonesa quisieron que la citada canción sonara en sus respectivos entierros.

Cuentan que dos genios antagonistas en sus registros solían entablar conversaciones respecto al monoteísmo y la existencia de un solo dios, pese a que no coincidían en sus creencias religiosas. Dos mitos que en cambio estaban de acuerdo en que quizás la diferencia radicaba tan solo en el camino. El camino para llegar al mismo lugar, a ese hipotético Zeus, dios del cielo, la tierra y de todos los dioses de la mitología griega a los que se consagraban los Juegos. Juegos de humanos para dioses, juegos de dios para humanos, prácticas atléticas, en los que la religión y la música se unían para honrar a unos y a otros. Y nadie como Mercury, Barcelona y Montserrat Caballé, que se han vuelto a reencontrar en el no lugar de todo lugar para inaugurar con esta canción una cascada de imborrables recuerdos…

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