Carolina Marín
Opinión

Carolina Marín, la estalactita del Bádminton

Si Carolina Marín hubiera tenido la posibilidad de escribir el guion de sus sueños de cuando era una niña que crecía feliz debatiéndose entre dos de sus grandes pasiones –el deporte y el flamenco-, ni en la más optimista de las redacciones imaginarias hubiese redactado la tan maravillosa como inmensa realidad que ha acabado escribiendo. Un relato cuajado de gloria, de maravillas y es que hacer un repaso de su carrera es lo más similar a dar un paseo por La Gruta de las Maravillas de Aracena. En esencia, su figura representa a una de esas grandiosas estalactitas y estalagmitas que Gaia supo esculpir, la labor de los años (miles de años) gota a gota (las estalactitas crecen 1 cm. cada 35 años).

Gota a gota, hora a hora, día a día, mes a mes, año a año, la tenacidad de Carolina, aquella niña que creció entre las dos alturas del onubense barrio de La Orden -cuna de una pionera-, acabó forjando esa maravillosa dualidad que la convirtió en la bandera más legendaria de la historia del deporte onubense.

Con ocho años se puso a las órdenes de Paco Ojeda, formándose en el Club de Bádminton IES La Orden hasta convertirse en una potencial campeona, hasta el punto de brillar en categorías inferiores para con catorce años, ya siendo campeona de España, marcharse a Madrid con el baúl de la Piquer repleto de raquetas y sueños marismeños. Siempre con la firme intención de mejorar para competir en las mejores ligas y los grandes campeonatos a nivel internacional en un deporte con escasas licencias y una prácticamente nula tradición en todo el país.

Dicen que el paraíso yace a los pies de las madres y el suyo lo hace a los pies de Toñi Martín, la suya, que guarda en un archivador gran número de los recortes de periódico en los que aparecen las entrevistas y crónicas de los grandes éxitos de Carolina. De hecho, su casa familiar no es muy diferente a una de las salas museo de cualquiera de los grandes equipos de fútbol de España, es puro metal. Paradójicamente uno de los trofeos a los que guarda más afecto es la raqueta con la que con doce años ganó su primer Campeonato de España de Bádminton, aquel deporte que eligió por ‘raro’ y que compaginó con aquella otra gran pasión que compartió junto a su amiga de infancia Laura Sánchez, el flamenco y las castañuelas. Laura acabó dejándolo, pero Carolina se quedó con aquel peculiar deporte de la pelota con plumas, con las que hoy vuela como una de las Garzas reales que se dejan ver no muy lejos de allí, en Doñana.

Fernando Rivas se convirtió en su mentor, en el encargado de pulir todos sus defectos, el que le enseñó todos los secretos de este juego de aires asiáticos, que gracias a Carolina posee hoy día una fresca brisa marismeña. El verdadero revelador de la ciencia del juego, el instructor que le marcó las pautas para cambiar la técnica de los desplazamientos, para mejorar a todos los niveles. Carolina siempre tuvo la virtud de poseer un físico incansable, corría mucho, pero Fernando le mostró el camino y los conceptos adecuados para el aprovechamiento máximo de esos desplazamientos y fundamentalmente la mejora técnica.

La onubense, siendo consciente de que la derrota formaba parte de la enseñanza del deporte, nunca la encajó bien. Odiaba perder por lo que su carácter inconformista y tenaz acabó siendo su motor de explosión y propulsión. La suya, la de la espigada, enjuta y fibrosa Carolina es una historia prodigiosa con Yakarta como su torneo favorito y una sucesión de momentos inolvidables. Siendo además profeta en su tierra, pues hasta en el más recóndito rincón de su barrio, su ciudad, se sienten absolutamente orgullosos de ser representados por ella. Un sentimiento abrumadoramente mutuo, pues Carolina pasea con enorme pasión todos los nombres, sentimientos y pasiones de los suyos allá por donde va; con La Orden en sus ojos, Huelva en el corazón, Andalucía en cada uno de sus gritos y España en todos sus golpes.

Por ello esta enésima exhibición no constituye otro capítulo más del relato prodigioso de la realización de sus metas. La conquista de su cuarto Campeonato de Europa -algo que jamás ha conseguido otra jugadora en la historia- en el pabellón que lleva su nombre, ante sus vecinos, su familia y el aire de la brisa marinera de Huelva, rubrica una suerte escrita con la tinta de los sueños cuando todavía era una niña, cuando apenas era una gota de agua en la Gruta de Las Maravillas, la primera de la grandiosa estalactita del Bádminton.

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