Reportajes

Copa América: «Entre las líneas en sepia del recuerdo»

Entre los legajos de la memoria y la crónica blanca sobre la tinta negra del rodar de un balón al que se pateaba con borceguíes, existen numerosas historias que merecen ser contadas y rescatadas de la memoria hablada, que no es otra cosa que la transmisión generacional del recuerdo y la conservación, preservación y enseñanza de las vivencias, en este caso del fútbol. Aquí una de ellas, relacionada con la historia de la Copa América:

Primera Edición de la Copa América

En julio de 1916 y con motivo de la celebración del primer centenario de la independencia de Argentina se disputó en el citado país la que está considerada como la primera edición de la Copa América en la que participaron las cuatro selecciones fundadoras de la CONMEBOL (Argentina, Brasil, Chile y Uruguay). Denominado por aquel entonces como el Campeonato Sudamericano de Fútbol es el tercer torneo más antiguo del mundo a nivel de selecciones absolutas.

Piendibene, primer goleador

José Piendibene, futbolista del conjunto charrúa se convirtió en el primer goleador de la historia del citado torneo, en el primer partido disputado el 2 de junio de 1916 entre Chile y Uruguay en el estadio GEBA (Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires). Uruguay ese pequeño país al que el Río de la Plata le dio el don de jugar al fútbol y convertirse en referente en los primeros años de la historia del citado deporte pasó por encima de los australes con un incontestable 4-0.

Anotó aquel histórico gol en el minuto 44, batiendo al meta chileno Guerrero y cerrando el marcador en el minuto 75 con el cuarto tanto de Uruguay. Piendibene era conocido como el maestro charrúa, aquel apodo se lo adjudicó el zaguero argentino Jorge Brown, que ante la personalidad y el estilo de aquel delantero que daba taconazos, driblaba como un demonio, tenía un visión fantástica y un remate preciso y demoledor tanto con el pie como con la cabeza, no tuvo otra opción que reconocer que ante un jugador de semejante talento tan solo se podía aprender.

Aurinegro de corazón durante veinte años, Peñarol no sería concebible sin su enorme figura, pues lideró el fútbol uruguayo junto a otros destacados jugadores como Ángel Romano, Alfredo Foglino, Cayetano Saporiti o Isabelino Gradín. Tres Copas de América conquistó el maestro Piendibene, y más allá de aquel primer gol la huella que dejó fue imborrable, puesto que además era todo un caballero, al punto de que no celebraba sus goles para no ofender al rival.

Gradín y Delgado, fútbol de color

Se da la circunstancia de que en aquel primer partido se produjo una insólita circunstancia que ubicada en el contexto histórico quizás pueda ser comprendida, aunque de ningún modo justificada puesto que Chile presentó una reclamación debido a que Uruguay alineó en su formación a dos jugadores de raza negra.

Las circunstancias en aquella época de los inicios del siglo XX respecto al football y la sociedad, ubicaban a los jugadores de color de manera absolutamente injusta en un escalón de inferioridad y por tanto en una rareza. Uruguay era en aquel ámbito del deporte toda una selección pionera y la presencia de Gradín y Delgado constituía una forma de abrir una brecha en la conciencia e igualdad de todos los seres humanos, independientemente de su origen o color.

Afortunadamente la reclamación fue desestimada pues habría sido imperdonable que la historia se hubiera perdido a dos futbolistas como ellos. Juan Delgado era bisnieto de esclavos, descendiente directo de seres humanos arrancados de su tierra y desposeídos de la libertad, uno de los derechos fundamentales. Nacido en Florida, en el interior del Uruguay y criado en Palermo, legendario barrio situado en la costa de Montevideo, su juego era la pureza del barrio, el potrero.

Las crónicas de la época, en negro sobre blanco le definían como un hechicero que usaba la magia blanca para hacer todo tipo de sortilegios con el balón. Una auténtica perla negra, genial futbolista, espigado, inteligente y flexible al extremo, con unas capacidades atléticas innatas, que le ubicaban precisamente y paradójicamente en un escalón superior a los demás. Comenzó jugando de delantero y acabó convirtiéndose en un fantástico nº5 que con su técnica en el pase y su poder hizo célebres sus cortes de balón lanzándose al piso y dejando sin balón ni opción al rival.

Gradín, fútbol hecho poesía

Igualmente Isabelino Gradín, su genial compañero de color y orígenes acabó convirtiéndose en el máximo goleador y mejor jugador del torneo. De hecho merece la pena detenerse también en su figura pues lo suyo era una cosa de locos y como no podía ser de otra manera de poetas. Gradín era un delantero sin par y sus hazañas sobre los impracticables terrenos de juego de la época y con aquella piedra que hacía de balón sirvió de inspiración al poeta uruguayo José Parra del Riego.

Un poema titulado Polirrítmico dinámico y en el toda la épica y grandeza de Gradín: «Ágil / fino, / alado, / eléctrico, / repentino, / delicado, / fulminante», le definió como el mejor cronista deportivo en la poesía. También en la música, puesto que Gradín jugaba al ritmo de los endiablados tambores del candombe, tal y como lo demuestra en los siguientes versos: yo te vi en la tarde olímpica jugar. / Palpitante y jubiloso, / como el grito que se lanza de repente a un aviador,/ todo así, claro y nervioso, / yo te canto, ¡oh, jugador maravilloso!, / que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo tambor.

Y es que Isabelino dejó tal huella en el fútbol uruguayo y la memoria de aquellos primeros aficionados que estos lo recitaban de principio a final, cantando a coro en las canchas de fútbol: Y te vi, Gradín, / bronce vivo de la múltiple actitud, / zigzagueante espadachín / del goalkeaper cazador / de ese pájaro violento / que le silba la pelota por el viento / y se va, regresa y cruza con su eléctrico temblor / ¡Flecha, víbora, campana, banderola! / ¡Gradín, bala azul y verde! ¡Gradín, globo que se va! / Billarista de esa súbita y vibrante carambola. / Tú que cuando vas llevando la pelota / nadie cree que así juegas; / todos creen que patinas, / y en tu baile vas haciendo líneas griegas / que te siguen dando vueltas con sus vagas serpentinas.

Uruguay, la gran referencia

Por uno de los primeros futbolistas convertidos en verso, por este grandioso jugador de color, por una selección irrepetible como aquella y un país tan pequeño en extensión pero tan enorme en corazón como Uruguay, se convirtió en el primer campeón de la historia de la Copa América.

Lo hizo en una final que, dada la tensión y el caldeado ambiente que se generó entre los enfervorizados aficionados que se dieron cita en el estadio GEBA, tuvo que ser suspendida por el colegiado chileno Carlos Fanta, que curiosamente era el director técnico de la selección chilena. El encuentro se tuvo que posponer para el día siguiente, disputándose en el antiguo Estadio de Racing Club.

En el partido,  el empate a cero acabó dando el primer título a los charrúas, tras sumar 5 puntos en tres encuentros. Una selección que marcó una época, que al son del fútbol hecho candombe y carnaval, con el latido del corazón celeste de Héctor Rivadavia -padre de la Copa América-, y la característica garra de sus gentes demostraron su hegemonía futbolística en aquellos años. Por ello estas líneas e imágenes en sepia rescatadas para recordar y ensalzar la historia de un deporte y una competición que vive hoy día la disputa en tierras brasileña de su XLVI edición.

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