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De la magia al orgullo

El Ramón Sánchez-Pizjuán ha vivido otra noche inolvidable, esas de las que solo pueden disfrutar los más grandes. La mística que se forma en la grada de Nervión ha vuelto a conducir al Sevilla hacia un nuevo milagro futbolístico: contrarrestar un 0-3 a todo un Liverpool en la Champions League. El choque, correspondiente al penúltimo partido de la Fase de Grupos, les deja a un punto de los octavos de final por segundo año consecutivo.

Se enfrentaban en el templo hispalense el cinco veces campeón de la Europa League contra el cinco veces campeón de la Copa de Europa. Por primera vez, los temibles Reds visitaban el Sánchez-Pizjuán para ser testigo de dos cosas: que nunca se rinde y que su afición no tiene nada que envidiar a la suya, considerada como una de las mejores del mundo. El increíble espectáculo que se produjo antes del choque elevó a la máxima potencia el que ya ofrecieron en minoría hace más de un año en la final de Basilea.

Contra todo pronóstico, la magia se rompió en el primer minuto de partido; momento en el que Firmino cazó un balón dentro del área tras un saque de esquina. Los ingleses se encontraron con el marcador de cara y supieron leer mejor la primera mitad. Los locales se vieron superados en intensidad y desarbolados en defensa, y tras una doble intentona por recuperar la igualdad -con la madera como protagonista- los Reds volvieron a enfriar el ambiente anotando dos goles que volvieron a dejar en evidencia a la zaga andaluza.

El descontento de la grada con su equipo se vio reflejado cuando el colegiado alemán Felix Brych señaló el túnel de vestuarios. Y es que si por algo se define este Sevilla, además de por no rendirse nunca, es por la exigencia que el sevillista porta en su ADN. Se podía caer contra el Liverpool, pero nunca de esa forma.

La charla de Berizzo

Todo cambió durante el descanso. El técnico argentino Eduardo Berizzo logró cambiar el chip a sus jugadores a través de unas palabras que conmovieron al vestuario. El técnico les comunicó el pasado domingo que padece un cáncer de próstata. Y aunque no quiso decirlo públicamente tras del choque, sí que mostró parte de su mensaje: «No hablé con ningún jugador en el descanso otra cosa que no fuera la verdad, que creyéramos en que podíamos conseguirlo. Les dije que teníamos una oportunidad increíble de cambiar las cosas. Que si no lo hacíamos pasaríamos una noche mala. El fútbol te enseña que debes seguir creyendo en las peores situaciones, y eso ha sucedido hoy. Agradezco a los jugadores el cambio de mentalidad con el que han salido. En este campo pueden suceder las cosas que han sucedido hoy. Como entrenador del Sevilla, me siento muy orgulloso».

La demoledora noticia, lejos de mermar los ánimos de los jugadores, provocó una reacción a la altura de pocos equipos del mundo. Al cambio de actitud se le sumó la entrada al terreno de juego de Franco Vázquez. El argentino sustituyó a Nzonzi en un cambio táctico que descolocó por completo al Klopp. Berizzo retrasó la posición de Banega y le permitió jugar de cara a la portería rival, lo que dotó al juego nervionense de visión y de verticalidad.




Todo ello, ayudado por el tempranero gol de Ben Yedder; en el minuto 51 tras anticiparse al defensor rival en una falta lateral. Poco después, un penalti cometido por el exsevillista Alberto Moreno sobre el ariete galo fue transformado por él mismo; y en dos ocasiones, tras tener que repetirse. Corría el minuto 60 y el Sevilla se había puesto 2-3 en el marcador. Nervión, que ya se había metido en el partido nueve minutos antes, era una caldera.

Nunca se rinde

Klopp reaccionó con un doble cambió que reforzó su zona ancha y reguardó a su equipo cerca de su propia área. Eso causó que los hispalenses dejasen de filtrar balones con tanta facilidad. La entrada de Muriel por Nolito fue un intento de mover la zaga rival, pero unas molestias físicas de Ben Yedder obligó a Berizzo a rehacer sus planes y sacar a Correa. Hubo algunas llegadas, especialmente gracias a la conexión entre Vázquez y Sarabia, pero sin fortuna en los remates. El tiempo corría y ya solo quedaba el recurso del balón parado.

Es ahí, en el último ataque del partido, donde apareció Claudio Pizarro. El Conde cazó un despeje rival de un saque de esquina y en dos toques rubricó el milagro. Con la derecha se la preparó y con la zurda, cayendo, golpeó el esférico con la garra y el corazón que todos sus compañeros habían puesto durante el segundo tiempo. Entró, fue gol. Sevilla 3-3 Liverpool. La grada explotó de alegría y los jugadores se dirigieron al unísono hacia su técnico, para dedicarle un empate que sabe a victoria y para demostrarle que están con él y que ese partido que le ha tocado jugar también lo va a ganar.

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