Don Enrique Montero
Reportajes

Don Enrique Montero, ‘Marinero en tierra verde’

A propósito del anuncio de la retirada del fútbol profesional del grandioso medio italiano Andrea Pirlo, y retrocediendo sobre la línea temporal de la geometría de la generosidad del fútbol. Sobre la filantropía del juego, sobre el hecho de convertir el fútbol en un regalo, sobre la eternización de un futbolista a través de sus pases, desde el pasado miércoles 15 de noviembre el Sevilla tuvo la feliz idea de sumar a la magnífica lista de sus dorsales de leyenda al genial Don Enrique Montero. El conjunto hispalense le hizo entrega del X Dorsal de Leyenda, reconocimiento con el que Sevilla rescata, agradece y ensalza a sus jugadores más legendarios.




En este caso, el Sevilla, en un acto celebrado en el Ramón Sánchez Pizjuán encabezado por el presidente José Castro, homenajeó a aquel al que definieron como puro arte y filigrana. Pero es que además de ello, Don Enrique era la elegancia personificada sobre un terreno de juego, la tremenda personalidad que demostraba para pedir el balón y muy especialmente la generosidad que demostraba para entregarlo. Aquel orden del ser y el tener, la diferencia entre el “yo-ello” y el “yo-tú”. El “yo-tú” de Don Enrique, que como en el caso de Pirlo hacía cobrar vida y sentido al juego, a ese balón, a la sociabilización del fútbol…

El arte no tiene fronteras

Enrique Montero es la demostración de que el arte no tiene fronteras, mucho menos en el mar, de que en un pequeño rincón del sur de España -reincidente en el caso del arte pues de sus aguas surgió la poesía de Rafael Alberti- puede atracar el duende y la magia. Las musas sin duda saben navegar y este marinero en tierra verde quiso trascender al propio juego que le apasionó desde muy pequeño. Nacido el 28 de diciembre de 1954 en el Puerto de Santa María -Cádiz-, comenzó a jugar al fútbol en las filas del San Marcos, conjunto juvenil del Puerto de Santa María en el que empezó a destacar. Ofrecido con posterioridad al Racing Portuense junto a otros seis integrantes de la plantilla del San Marcos, el destino quiso que aquel pequeño revés de su no incorporación al Racing le llevara directamente al conjunto filial del Sevilla, al que llegó de la mano de Santos Bedoya. Enrique subió a la primera plantilla sevillista junto a Juanito, Merayo y Yiyi pero su consolidación en el fútbol profesional no resultó nada sencilla pese a su enorme clase.

Enrique Montero
Montero, durante un partido. Foto: SFC.

La llegada al banquillo del Sevilla de Roque Olsen no le benefició, puesto que el técnico le pedía más sacrificio y Montero no encajaba en ese perfil de jugador.  La generosidad de Enrique se identificaba con el balón en los pies, lo suyo no fue nunca correr, el portuense hacía correr al balón. Se marchó cedido al San Fernando, que militaba en Tercera División. Allí jugó junto a los Román, Juan Antonio, Yiyi, Ocaña, Lacalle, Lebrón, Galleguito, Silva, Beni, Pacun, Pepe Lapi… En su segunda temporada en el San Fernando de la mano de Zafrani rozó el ascenso y Montero triunfó por todo lo alto, por lo que el Sevilla lo repescó.

En sus comienzos Enrique Montero tuvo que superar las reticencias de la afición sevillista, que reclamaba algo más de entrega al jugador portuense, pero cuando pudieron percatarse de la clase y elegancia del jugador portuense, se convirtió en uno de los máximos ídolos de la afición sevillista. De hecho a Don Enrique se le considera como uno de los referentes de la escuela sevillana entre la segunda mitad de la década de los 70 y la de los 80 del pasado siglo, y uno de los mejores medios organizadores del fútbol español de la citada época. Era un auténtico deleite verle jugar, su parsimonia, su sentido espacial, esa enorme visión de juego, la cabeza siempre levantada haciendo fácil lo que parecía difícil. En las gradas del Pizjuán aún se percibe ese fresco aroma del mar de sus pases, como de brisa marinera, como cartas esféricas de navegación.

La lesión que cambió su destino

En la temporada 80/81, el Barcelona puso prácticamente un cheque en blanco para cerrar su fichaje, pero el por entonces presidente sevillista Montes Cabeza se subió a la parra y pidió una astronómica cifra. Aún así, el Barça no cejó en su empeño y en el Trofeo Carranza de 1981, en vísperas de la semifinal entre Palmeiras y Sevilla, Nicolás Casaus y Joan Gaspart se presentaron en el hotel de la expedición sevillista para cerrar su fichaje. Ambos directivos le expusieron el tema a Montero y este les comentó que primero debía hablar con los dirigentes sevillistas. Montero parecía tener un pie en el Barcelona, pero el destino le iba a jugar una mala pasada, en dicha semifinal entre Palmeiras y Sevilla, Enrique sufrió una grave lesión de rodilla que echó abajo toda la operación. Montero era un futbolista de tanta clase, que apuntaba tanta altura futbolística que incluso el hoy Rey emérito Juan Carlos llamó personalmente al Doctor Villarrubias para interesarse por su estado tras la operación.

[bctt tweet=»Montero pudo ser el Xavi de su generación. El Barça puso un cheque en blanco para llevárselo» username=»OlympoDeportivo»]

No en vano, ya había demostrado su tremenda clase con la camiseta de la selección española, siendo internacional en categoría sub-21 en cinco ocasiones e internacional olímpico en otras seis. En la fase previa para la Olimpiada de Moscú se erigió en el máximo goleador español con ocho tantos.

Su debut con la selección absoluta se produjo en Leipzig, el 15 de octubre de 1980, en un Alemania Oriental-España que acabó con empate a cero. Es más, Don Enrique pudo llegar a ser el Xavi, el Guardiola de su época en la selección, pues uno de los mejores partidos de su carrera lo completó como internacional, concrétamente en Wembley, en la victoria de España sobre Inglaterra 1-2 con partidazo de Enrique Montero.

La Rosa de los Vientos de sus pies

Enrique se sobrepuso a aquel varapalo y tras superar la lesión, volvió a intentar a ser el mismo, algo que consiguió pues el portuense siguió ejerciendo su magisterio durante varias temporadas más. Todos en aquel vestuario del Sevilla eran conscientes de que Montero era un jugador más que especial, antiguos compañeros como Ramón Vázquez, Antonio Álvarez, Curro San José o Enrique Lora no dudan en ubicarle en esa estirpe de medios que dejan cicatrices en los corazones de los aficionados al fútbol.

En Sevilla jamás olvidarán aquel sensacional gol que le hizo al portero Maté, en aquel entonces cancerbero del Burgos. Su carrera está copada de instantes inolvidables, travesías del balón conducido por la Rosa de los Vientos de sus pies. Por eso la memoria del fútbol, que es la de nuestros mayores, siente tanto apego por la figura histórica de Don Enrique. Tanto como el que el medio portuense sentía por el balón, aunque con el matiz de que este apego era más fugaz pero absolutamente decisivo, de tan solo unos pocos segundos. Los suficientes como para cambiar una jugada, convertir una acción rutinaria, una jugada vulgar en algo realmente extraordinario

Contando con su etapa en el filial permaneció en el Sevilla durante casi trece años, con el único paréntesis de su cesión en el San Fernando, jugando 323 partidos y anotando un total de 52 goles, unos números que denotan el calado histórico de un jugador que paseó su elegancia por la alfombra verde de Nervión.

Con ese poso de arte, dejando esa estela de clase y elegancia se marchó del Sevilla en 1986 para acercarse un poco más a su tierra, al Puerto y a Cádiz. Durante el tiempo que jugó en el conjunto amarillo se puede considerar que el ejercicio de conservación de este Marinero en tierra verde, su ejercicio de buen juego embarcaba cada día en el Vaporcito para desembarcar a la orilla verde del césped del Ramón de Carranza.

Montero llegó con 32 años, tardó en encontrar la forma y en poder demostrar al máximo su categoría. Todos sabían de la calidad del jugador portuense, pero también se preguntaban cuando se le podría ver al cien por ciento. Tras unos primeros compases de puesta a punto, Enrique Montero tomó las riendas del juego y su clase hizo lo demás. Especialmente destacable de sus cuatro temporadas en las filas del conjunto amarillo fue la 87/88, en la que de la mano de Víctor Espárrago el Cádiz firmó la mejor campaña de su historia. El técnico uruguayo encajó todas las piezas y sacó partido a la clase e inteligencia de Montero, que se convirtió como siempre en ese director que hacía sonar la orquesta y convertía el fútbol en música clásica.

Juego de estirpe, parsimonia y elegancia

Don Enrique convirtió el fútbol en un regalo, tanto para los aficionados como para todos los compañeros que pudieron disfrutar jugando junto al portuense. De su sello, su personalidad con el balón en los pies, su calidad para recoger el balón desde la defensa, donde oteaba el horizonte y armaba -con la cabeza siempre levantada- el juego de su equipo. Un juego de estirpe, parsimonia y elegancia, que acabó desplegando en las filas del Racing Portuense, conjunto que le rechazó a la edad de 17 años, pero en el que puso fin a su magisterio.

A su inmensa generosidad con el balón, tanto como para que la gente no olvide su estampa de patrón de barco de la jugada, con el mar verde del fútbol y el Puerto al fondo, sus eternos matices rojiblancos del Sevilla, un sol amarillo y un cielo azul. De su fútbol pinturero, de ese balón pescado con el anzuelo de su bota para convertirlo en ser vivo, en vergel de la jugada. Porque recordar a Enrique Montero es como rescatar a un viejo e histórico pecio del fondo del mar, pues la recuperación de su recuerdo constituye para el fútbol un ejercicio de conservacionismo del patrimonio.

Un reportaje de Mariano Jesús Camacho.

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