Reportajes

El gancho a la barbarie de Segundo Espallargas Castro, “Paulino”

El instinto de supervivencia del ser humano no tiene límites y le hace superar situaciones extremas provocadas en numerosas ocasiones por la crueldad/maldad de iguales -otros seres humanos- que en el marco de un contexto histórico e ideológico absolutamente depravado; en situación de poder y superioridad disfrutan infringiendo castigo, dolor e incluso exterminio. Este fue el caso de lo acontecido durante el oscuro periodo histórico de la Segunda Guerra Mundial y el intento de dominación y supremacía de la Alemania nazi.

Las historias vividas en aquellos campos de exterminio como Auschwitz o Mauthausen mostraron los dos perfiles del ser humano, el más oscuro con la escalada de violencia y locura colectiva de los nazis, y sin duda el más luminoso, el de todos aquellos que resistieron y se aferraron a la vida en las peores de las circunstancias, viendo y sufriendo el indiscriminado exterminio de familiares, amigos y seres humanos catalogados como plaga tan solo por su raza, nacionalidad, ideología o condición social.


Salamo Arouch, el triunfo del espíritu

Una de aquellas tremendas vivencias la protagonizaron los boxeadores amateurs y profesionales recluidos en los dos campos de exterminios citados con anterioridad. Muy conocida es la historia del boxeador judío de origen griego Salamo Arouch, adaptada al cine bajo el título: «El triunfo del espíritu», y protagonizada por el actor William Defoe.

Apodado en su país como «el bailarín de ballet» por su estilo de boxeo sobre el ring, por su jab y su cross, llegó a ser campeón Medio Pesado de los Estados Balcánicos con 24 victorias por nocaut, antes de la deflagración del conflicto mundial y la ocupación nazi. Tras él Salamo vivió la matanza de una gran parte de su familia -mujeres e hijos enviados a la cámara de gas- el mismo día en el que tanto Salamo, como su hermano y su padre fueron recluidos en Auschwitz.

Y una vez allí, seleccionados para los trabajos forzados su hermano Avrum destinado a la labor de los sonderkomando, encargados de trasladar los cuerpos, desde las cámaras de gas hasta los crematorios, no pudo resistir por mucho tiempo la citada misión y acabó convirtiéndose en uno de aquellos cuerpos. Su padre, por su parte resistió lo que pudo pero aunque era fuerte psicológicamente, el físico no le dio para ser rentable de cara a los mandos nazis, por tanto acabó siendo víctima del mismo destino que toda su familia excepto Salamo.

En cambio Salamo, se convirtió en una forma de entretenimiento para los nazis, uno de los oficiales conocedor de su pasado pugilístico acabó integrándole en la cruel rueda de sangre, que dos veces a la semana hacían pasar un buen rato a estos hombres sin alma. Combates sin reglas en el ring, en muchas ocasiones a vida o muerte, en todos uno de los púgiles siempre acababa en la cámara de gas, puesto que el perdedor era asesinado y enviado al crematorio. El vencedor recibía como premio, sopa y pan, mientras esperaba a su siguiente rival, el próximo combate para vivir o morir, para resistir. Salamo era uno de aquellos púgiles judíos o gitanos que se jugaron la vida en el ring de la muerte, que en realidad ocupaba todo el perímetro del campo de concentración.

Para aquellos tipos depravados constituían un simple divertimento, una oportunidad para apostar y saciar su sed de sangre. La infamia por la infamia que tuvieron soportar boxeadores como «Young» Péres, Leone Efrati, Kid Francis y Salamo. En este último caso de carácter excepcional, pues las estimaciones de los recuperadores de la memoria histórica calculan que el púgil griego sobrevivió durante dos años gracias a que salió vencedor en unos 200 combates, viviendo su momento más delicado en su enfrentamiento ante el judío alemán Klaus Silber oriundo de Dusseldorff quien contaba con 44 combates como amateur antes de la guerra. Un combate que dejó al borde de la muerte a ambos, pero del que Salamo se recuperó logrando salir vivo de uno de los lugares posiblemente más crueles que la mente humana ha podido maquinar en toda su historia.

Segundo Espallargas, vivo en el averno nazi

Precisamente tirando del hilo de esta historia tan cruel, y trazando una línea paralela hacia otro lugar fatal para la humanidad, como lo fue el campo nazi de Mauthausen se revela la historia de un boxeador español. Una historia rescatada de la memoria gracias al estudio de la periodista Montserrat Llor en el libro «Vivos en el averno nazi» (editorial Crítica). Aquella que dio luz a vidas anónimas que dieron toda una lección de resistencia en la más difícil situación y en el infierno terrenal creado a medida por las hordas nazis.

Su nombre Segundo Espallargas Castro, aragonés que sobrevivió al espanto gracias en gran medida a su fortaleza física y a su condición de boxeador. Segundo era una montaña de largos brazos e inmensas manos que sirvió de cruel diversión para los comandantes de Mauthausen. No en vano, como era habitual en aquel otro averno terrenal llamado Auschwitz, los combates se sucedían en los fines de semana, y como en aquel maldito lugar, se jugaban la vida.

Es más como le relató a Montserrat Llor y como refleja en su libro: “Los nazis me decían, ‘si no ganas, vas al crematorio’», por tanto, ser boxeador, le salvó. Espallargas, sentía la necesidad de que su vivencia se diera a conocer a los españoles; sin duda quería que el hombre aprendiera, que algo como aquello jamás debiera volver a acontecer. Como le dijo a la periodista: “Parece algo muy lejano pero nunca se sabe…”.

Resulta sobrecogedor, abrumador, aterrador, el cúmulo de las horribles experiencias de todos aquellos que sufrieron la desgracia de caer en manos nazis. El miedo, la faz del terror, el hambre, el impactante testimonio de la sangre, del dolor. En el caso de Segundo, recluido por republicano, comenzó a hacer sus primeros pinitos en el mundo del boxeo a la edad de doce años, pasión que compaginó con su dedicación al negocio familiar. Desafortunadamente la no menos cruenta Guerra Civil española, dio al traste con todos sus sueños, entre ellos el de su dedicación amateur a ese boxeo que acabó salvándole la vida en mitad de la infamia. Pues fue uno de los 7.000 españoles deportados durante la Segunda Guerra Mundial, y sus huesos dieron a parar a Mauthausen.

Fue recluido en aquel antro de terror el 27 de enero de 1941, contaba con veintidós años de edad y su fortaleza llamó la atención desde el primer momento de los oficiales nazis, que informados de su pasado como boxeador, le integraron en su rueda de sangre y diversión de cada fin de semana. Como Salamo, en una historia paralela, Segundo -que fue apodado por compañero reclusos como Paulino en honor a un célebre púgil guipuzcoano- combatió en peleas a vida o muerte ante rivales de todo tipo y nacionalidad, saliendo invicto en cada uno de ellos. El boxeo le permitió sobrevivir y se convirtió en referente para los demás reclusos como reflejo de dignidad, de su lucha y resistencia, el esfuerzo en pos de la supervivencia.

Numerosos supervivientes del horror de aquel campo de concentración ratificaron la veracidad de la historia de Paulino, que se libró de los trabajos más penosos y pesados merced a convertirse en muñeco de pim pam pum de los oficiales nazis. De los trabajos pesados fue trasladado a la cocina, pero a cada combate acudía con la espada de Damocles de la cámara de gas sobre sus grandiosas manos, sus puños. Fue muy duro para él afrontar el hecho inevitable de machacar a otro prisionero, pero se jugaba en ello la vida. De esta manera sobrevivió a aquel infierno, pero no todo fue en vano, pues muchos españoles allí confinados se agarraron a su fortaleza, a su esperanza, a su colaboración en cocina en aquellos ‘trabajos clandestinos’ que le facilitaron la vida a sus compañeros.

Aun siendo así, Segundo siempre relató su historia como la de un privilegiado, porque de no ser por su fortaleza genética, habría sido uno más en la rueda de la muerte y el exterminio. Allá donde la muerte estaba presente cada día y en cada instante, sus puños le sacaron del terror, de aquel horror, esa pesadilla de la que otros no tuvieron la oportunidad de despertar. Paulino fue el boxeador invicto español por excelencia, al otro lado del espejo del horror, en Auswichtz: Salamo. Afortunadamente nunca se enfrentaron en un ring, pero sirvan estas líneas para que sus historias queden una frente a la otra.

Segundo volvió a nacer gracias a sus puños, en el momento de la liberación, allá por mayo de 1945, no pudo regresar a España por su condición y convicción republicana, siendo acogido por Francia. Aquella patria que ya le acogió en 1939 y que nuevamente lo hizo, país en el que falleció a la edad de 93 años. Con el tiempo pudo regresar de vez en cuando a su querido y añorado Bajo Aragón, donde transmitió su desgarrador testimonio. Sus puños jamás dejaron de golpear a la barbarie, de convertirse en embajador de la memoria y la enseñanza histórica de aquello que nunca debe volverse a repetir y que ha de darse a conocer tanto a las actuales como a las futuras generaciones. El suyo como el de Salamo, todo un uppercut, un gancho, al mentón de la bajeza y barbarie de lo peor de la humanidad.

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