Judo
Reportajes

El judo ya no es patrimonio de Japón

Desde que a finales del siglo XIX el profesor Jigoro Kano adaptó el tradicional y casi olvidado jiu-jitsu con nuevas técnicas y principios que lo hacían más eficiente, versátil y sencillo de aprender, el judo (literalmente “camino de la suavidad” o “de la flexibilidad”) se ha convertido, más que en un deporte, en todo un símbolo de Japón.

La nación asiática se enorgullece de haber exportado al mundo entero lo que, para ellos, va más allá de la actividad física y constituye una filosofía de vida. Sin embargo, no olvidan que, cuando entran en juego otros países, esto se transforma en campeonatos con ganadores y derrotados. Y a los nipones, pueblo belicoso por naturaleza e historia, les fastidia mucho perder.

Por eso, los súbditos del emperador Akihito no han podido evitar sentirse muy preocupados ante las noticias que han llegado desde Buenos Aires, donde acaban de celebrarse los Juegos Olímpicos de la Juventud. En la edición de 2018 de este acontecimiento reservado para atletas de entre 15 y 18 años ha quedado de manifiesto que el futuro del judo está lejos del archipiélago oriental. No es ya que Japón no se llevara medallas: es que ni siquiera pudieron clasificar a ningún deportista en ninguna de las ocho categorías existentes entre chicos y chicas. La Federación Internacional estableció el puesto en el ranking mundial como criterio para competir en Argentina y no había japoneses lo suficientemente arriba.

En otros tiempos algo así habría sido un drama nacional, casi comparable al que supuso la victoria en 1964, en los Juegos Olímpicos que precisamente se celebraron en Tokio y donde el judo formó parte del programa por primera vez, del neerlandés Anton Geesink tras vencer inesperadamente a Akio Kaminaga en la final. Pero ya es algo casi esperable. Aunque Japón lideró el palmarés, solo se quedó con tres de las catorce medallas de oro que se repartieron en Río 2016. En los últimos Campeonatos del Mundo, el pasado septiembre en Bakú, la cosa les fue algo mejor: ocho de quince. Sería un éxito absoluto para cualquiera menos para quienes inventaron lo que, aunque lleve el apellido “marcial”, consideran todo un arte. Cada una de esas siete preseas perdidas es como un o-soto gari en su orgullo.

Dentro de lo que cabe, el judo va más o menos bien y todavía da alguna que otra alegría en el panorama de las aportaciones niponas a la alta competición. El karate aún no es olímpico, lo será en 2020, y está por ver lo que ocurre en el siguiente Mundial, en Madrid a partir del próximo mes de noviembre; en el anterior, Linz 2016, los inventores de la disciplina se llevaron seis oros… y se dejaron por el camino diez. Otras formas de combate como el kendo y el aikido no tienen tanta popularidad como para que el público, tanto japonés como extranjero, muestre mayor interés. Y luego está el sumo.

La situación de la lucha libre japonesa, que no tiene estatus oficial de deporte nacional pero históricamente ha sido el gran icono representativo de la cultura patria, podría calificarse como catastrófica para los sectores más nacionalistas. Japón es la cuna y, prácticamente, el único lugar donde se practica esta tradición milenaria de superhombres que rondan los 200 kilos. Sin embargo, hoy los campeonatos están casi monopolizados por luchadores de fuera; en su mayoría proceden de Mongolia, donde existe una forma de combate parecida pero los beneficios económicos para los luchadores son infinitamente menores.

¿Por qué existe esta crisis? ¿Por qué los japoneses han dejado de brillar en sus prácticas ancestrales? Una posible explicación es que los valores y los códigos de conducta de las nuevas generaciones han cambiado: ya no están tan dispuestos a asumir la vida de sacrificios y autoexigencia que requieren las disciplinas históricas. Otra, que poco a poco se van imponiendo juegos “occidentales”, como el fútbol, el béisbol y, últimamente, el rugby.

Los sociólogos tienen mucho trabajo para determinar las causas exactas; mientras se aclaran, los del exterior, los de más allá del archipiélago del Sol Naciente, les están (estamos) comiendo el terreno. Y a corto plazo no parece que el Imperio sepa cómo contraatacar.

Luis Tejo Machuca.

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