stadio della roma
Análisis

El nuevo estadio de la Roma, cada vez más cerca

Parece que uno de los mayores culebrones recientes del fútbol italiano pronto va a tener desenlace. Hay que recalcar el “parece”, porque con los transalpinos nunca se sabe cuándo puede surgir algún imprevisto que tumbe el plan. Pero si todo sigue los cauces esperados, este mismo mes de diciembre puede quedar aprobado el proyecto definitivo del nuevo estadio de la Roma.

El club giallorosso nunca ha terminado de estar cómodo en el Estadio Olímpico. La Roma tenía su propia casa, el campo de Testaccio, pero por los avatares políticos de la época, entre los últimos coletazos del fascismo y la convulsa posguerra, se vio obligada a varias mudanzas hasta acabar en su casa actual, un mastodonte mussoliniano tan desmesurado que no se terminó hasta 1953. Desde entonces la Loba y sus muy odiados primos de la Lazio comparten una sede tan grande que casi nunca consiguen llenar. Y fría como todo campo con pista de atletismo.

Pero esos no son los problemas más importantes que sufre la Roma por jugar allí. La clave es que, como su propio nombre indica, el propietario de la estructura es el Comité Olímpico Italiano. Esto se traduce en que los clubes están atados de pies y manos ante cualquier posibilidad de reforma que favoreciera sus intereses. Hay que pasar por una maraña burocrática desesperante que impide cualquier avance.

Por eso la Roma lleva tiempo planteándose independizarse. La idea se planteó tímidamente en la época de la antigua presidencia de la familia Sensi, pero con la llegada en 2011 de los nuevos dueños estadounidenses liderados por James Pallotta se ha reactivado. El club le tiene echado el ojo a unos terrenos en el sur del municipio, a orillas del Tíber, en el que edificar un estadio más pequeño (unos 52.000 espectadores frente a los más de 70.000 del Olímpico) y mejor adaptado a las necesidades del club, sobre todo en materia de explotación comercial: el complejo, aún sin nombre más allá del provisional “Stadio della Roma”, pretende incluir hasta un centro comercial y una zona de hostelería.

Pero siempre hay peros, y más en Italia. Tanto el municipio como la región del Lacio (ojo, con C) e incluso el gobierno estatal llevan años poniendo impedimentos. Preocupaciones medioambientales, dudas sobre el colapso de tráfico que se podría generar en una zona no demasiado bien comunicada, litigios sobre la propiedad del terreno y las licencias requeridas, inquietud sobre quién debería asumir los trabajos adicionales necesarios, llevan retrasando un plan que, según las previsiones más optimistas, debería estar ya terminado y utilizándose, pero del que no se ha puesto ni una piedra.

La novedad de este mes es que, según las filtraciones que han llegado a la prensa local, el estudio encargado a la universidad Politécnica de Turín sobre la viabilidad del transporte va a ser positivo para los intereses romanistas. A partir de ahí se podrá ir desbloqueando todo lo demás. O eso espera el presidente Pallotta, habitualmente residente en Boston, que tiene previsto desplazarse a Roma este mes para gestionar personalmente el asunto. Además, claro, de para disfrutar de la tradicional cena de Navidad que organiza el club con sus socios y patrocinadores más importantes. Hay costumbres que nunca se pierden.

El asunto de la propiedad de los estadios es, quizás, uno de los condicionantes que están frenando al fútbol italiano en los últimos años. Mientras que en otros países, como España, estamos acostumbrados a que los clubes sean dueños de los campos donde juegan y que lo contrario sea una excepción, allí es al revés: salvo la Juventus, que se construyó el suyo hace poco tras derribar el antiguo (e inútil) Delle Alpi, y el Udinese, que compró Friuli al gobierno regional, todos los demás son propiedad de alguna institución pública, normalmente el ayuntamiento correspondiente. El país está plagado de estadios con el apellido comunale, que es como se traduce “municipal” en la lengua de Dante.

A priori esto podría parecer una ventaja, al ahorrar a los equipos un gasto importante. Sin embargo, muchas veces la gestión pública, en una nación históricamente tan corrupta, no es la mejor. No solo por la (falta de) explotación comercial: el mantenimiento muchas veces deja bastante que desear, como bien saben en Cagliari, donde han corrido el riesgo de ser descalificados de la Serie A por el estado cochambroso de Sant’Elia. La megalomanía del alcalde de turno en tiempos de vacas gordas vio nacer engendros colosales como el San Paolo de Nápoles o el San Nicola de Bari. Y hay equipos, como el Sassuolo, obligados a jugar fuera de su ciudad de origen porque la normativa de la Serie A exige unas dimensiones mínimas que ninguna corporación de pueblo puede asumir.

Es poco probable que los demás equipos tomen ejemplo de la Roma, dadas las peculiaridades de cada caso y la crisis económica que, igual que en nuestro país, no termina de esfumarse. Pero, quién sabe, podría ser el principio de un futuro revolucionario en el calcio. Habrá que estar pendientes de las próximas noticias.

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