Reportajes

Enhamed y la música interior

El once es un número mágico, una buena prueba de ello es que Wolfgang Amadeus Mozart compuso en tan solo once meses el maravilloso motete Ave Verum K 618; el Concierto K 595 para piano n.º 27 en si bemol mayor; dos óperas, ‘La flauta mágica’ K 620, y ‘La Clemencia de Tito’ K 621. Y por si todo ello no fuera suficiente, el increíble Concierto K. 622 para clarinete y el Réquiem K 626. Siete obras para la eternidad en once meses.

Algo especial reside en el número once, pues fue el Apollo 11 el primer cohete tripulado que pisó la Luna y, aunque en la cábala hebrea sea además el número de las revelaciones, un número vinculado al mal; aunque sea el número de Samael, el Diablo hebreo, denominado «Dios de los Ciegos» es también casual o causalmente el elegido por la Organización Nacional de Ciegos Españoles, ONCE para una finalidad diametralmente distinta: hacer el bien.

Todos en alguna ocasión hemos intentado andar o hacer alguna actividad con los ojos cerrados. Y en la mayoría de las ocasiones todo aquel que los cierra tiende a abrirlos mucho antes del espacio tiempo que tenía planeado hacerlo. Es sin duda toda una experiencia, una poderosa y profunda enseñanza vital que nos ubica frente a todos nuestros miedos, frente a aquella voz interior que nos quiere hacer creer que existen barreras que somos incapaces de superar. Y nada más lejos de la realidad…

Enhamed y la luz

Enhamed Enhamed, uno de los mejores deportistas paralímpicos de la historia del deporte español nació un once de septiembre en Las Palmas de Gran Canaria. Un glaucoma congénito le provocó un desprendimiento de retina que le produjo su ceguera a los ocho años. Tan solo un año después se marchó a vivir a un internado de la ONCE en Madrid, en el que se apuntó a natación y descubrió su gran pasión. Comenzó a nadar, a soñar con ser libre; la ceguera fue durante un tiempo todo un obstáculo en su vida. Una existencia complicada de luces apagadas que se encendían en la piscina y en cuyo medio se fue abriendo a las emociones, en definitiva a la vida. A través de esa comprensión se produjo en él una apertura interior que le hizo vivir intensamente la emoción del miedo, resorte del principio acción/reacción que le permitió actuar, enfrentarse a la realidad, dando voz y luz a sus pensamientos.

Hoy día es orientador deportivo e imparte conferencias a diferentes colectivos -empresarios, trabajadores y estudiantes- a los que transmite sus conocimientos relacionados con la superación y la motivación personal. Para Enhamed nunca existió otro tope que no fuera el psicológico, así lo expresa aquel que considera que cada meta conseguida es un peldaño más subido para continuar con la ascensión.

Paradójicamente, Enhamed se ha convertido en bastón y lazarillo de otros muchos que quieren alcanzar metas, que aun viéndolas no son capaces de ver la forma de conquistar. Y es que como él mismo dice, la clave no radica en ver con los ojos, sino ver y creer con el corazón, el motor de la pasión que oxigena el cerebro, la luz del pensamiento, de la mente humana, y su infinita capacidad para soñar y derribar todo tipo de muros y barreras.

Este ser humano, este deportista transmite, su experiencia partiendo de una premisa, una frase que para el resto resulta difícil de comprender. Enhamed habla de un momento en el que ‘ganó la ceguera’, que en esencia constituye lo expuesto con anterioridad. La visualización mental aplicada a la vida cotidiana, en su caso dedicada por entero desde muy pequeño al deporte. 38 medallas consiguió para el deporte español, además de varios récords del mundo. Un hombre que dio toda una lección de superación al convertirse en el primer invidente en completar el triatlón más duro del mundo. el Ironman. Participando también en la Spartan Race, sumando a ello la ascensión al Kilimanjaro y completando la travesía a nado del estrecho de Gibraltar.

Impulso vital, superación, libertad

Su historia tiene mucha relación con la capacidad humana -independientemente de que padezca alguna discapacidad o no- de visualizar el pasado y el presente y el futuro. Pues no es una cuestión de ver, es una cuestión de sentir, creer, hacer. Hubo un tiempo en el que Enhamed portó la identidad de ciego, aquella con la que la sociedad le etiquetaba en primer lugar, pero con el transitar del tiempo comprendió y demostró que la ceguera en la mayoría de las ocasiones nada tiene que ver con la invidencia.

Vivir es una cuestión de ser, de igual a igual pese a los contratiempos y las circunstancias, es una cuestión de jamás perder la capacidad de soñar. Una cuestión de encontrar un sentido, de descubrir la libertad. Y Enhamed lo hizo en el medio acuoso, brazada a brazada. La ceguera, más que una excusa, se convirtió en la razón de su ser, de hacerlo todo con las herramientas adecuadas y el aprendizaje necesario. Enhamed salió a la calle del agua, de la vida, para vivir, ganar y perder, llorar y reír a manos llenas. Quizás no sea un modelo pero su historia es la del impulso vital, la del riesgo, la valentía ante el reto personal de comprender que hay que avanzar, crecer y superarse empleando al ciento por cien lo que se tiene, jamás mirando hacia atrás para retroceder en busca de lo que nos falta.

La música verdadera

Si Mozart creó en tan solo once meses aquellas grandísimas composiciones para la posteridad, cuenta la historia que Beethoven comenzó a crear algo único en el periodo medio, marcado por la aparición de su sordera, siendo su último período en el que creó la música con mayor profundidad. Y es esa música verdadera, la de la mente y el corazón, la música interior, la que hay que aprender a escuchar, reconocer y poner en práctica, ya sea en once centésimas de segundo, once días, once noches, once meses o en toda una vida. La única, la que tenemos por delante para disfrutar y sufrir superando todo tipo de obstáculos; que como defiende Enhamed son los peldaños hacia una ascensión en cuya cima se descubre la libertad de encontrarse a sí mismo.

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