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Jorge Lorenzo, para quitarse el casco y ponerse de pie sobre la moto

Desde un pequeño rincón curvado de la redacción de Olympo -en este caso ubicado muy cerca de las columnas de Hércules- les escribe este rastreador de gestas deportivas para, quizás responder al porqué lo de Olympo y la razón por la cual este medio aspira a cantar y contar los himnos triunfales del deporte. De ahí lo de Deportivo, como apasionante desafío de relatar los acontecimientos del deporte, amalgamando el pensamiento clásico y el moderno, lo de ayer, lo de hoy, lo de mañana; para con las Odas Olímpicas de los deportistas ponerlas en valor como parte fundamental de la educación y la cultura humana.

Más de cien mil poemas en la pista, un atleta hecho trueno, y una cerrada ovación como metáfora de la tormenta. Desde el fondo de la historia, del principio de los tiempos, la necesidad humana de cultivar cuerpo y mente. Diluvia sobre la villa Olímpica de la memoria, que pueden ser unos JJOO, que ni son, ni fueron únicamente deporte. No en vano hasta Platón y Aristóteles llegaron a confeccionar en alguna ocasión de sus vidas una crónica deportiva. Así lo demostró Píndaro, poeta y músico de los JJOO clásicos, que perfiló su visionaria concepción del deporte como un acercamiento a la cultura, a la estética, el esfuerzo, la inspiración, el dibujo de las formas.

Himnos al deporte

En estos días de furia, globalidad, polarización, fake news y un planeta tan enredado como enfermo es cuando las pequeñas victorias se hacen grandes. Inmensas porque están forjadas a base de derrotas, de perder y perder para finalmente ganar y ganar, soñar y soñar. A ello le cantó, y esto contó Píndaro; odas, himnos a los dioses, a sus antepasados, una verdad no escrita sino cantada, versada, a la que Heracles dio forma con sus manos en honor a Zeus.

En la pretendida lírica de esta redacción siempre habrá lugar para los ojos de aquel que pinceló la sincronización del ser humano y su esfuerzo por competir, por trascender a la historia. Y es que el deporte no es nada más y nada menos que eso, una ávida necesidad de trascender. La prosopopeya que se intuye al lanzar un disco cual luna suburbana por un estadio Olímpico. La sinestesia, la blancura silenciosa de las chicas de gimnasia, el frío cortante de la montaña, la afilada brazada de las nadadoras. El trance del velocista, la conexión con otras realidades del fondista, del maratoniano…

Piloto de una época

La luz del universo, tragedia, soneto y verso, sobre todo canto, el himno del sueño… Y como el himno de un sueño resonaron las palabras de Jorge Lorenzo al anunciar que se bajaba para siempre de la moto. En un mundo tan apasionado como el del motor a dos ruedas, en el que se crean tantas filias y fobias, furibundos detractores y seguidores; en el que para competir al máximo nivel es prácticamente imposible hacer amigos en el paddock, Lorenzo nunca fue una excepción, pero sin ningún género de duda fue uno de los mejores pilotos de su época. De una época en la que cuatro magníficos sellaron lo inolvidable, especialmente tres de ellos, por osar pelearle en pista a Valentino Rossi lo que por magia y hegemonía le pertenecía. Stoner, Pedrosa y Lorenzo, una lucha sin tregua ante el ‘Doctor Honoris Causa’ del motociclismo, y toda una generación deleitándose ante semejante desafío.

Jorge se marcha en un momento duro, pero como un gran campeón, siendo honesto consigo mismo y con el que hoy es su equipo: Honda. Porque siempre buscó la excelencia, de ahí sus dieciocho años en el Mundial, los cinco títulos mundiales de su palmarés, las 68 victorias, 47 de ellas en la categoría reina. Toda una vida -desde los tres años con su padre Chicho como mentor- a lomos del caballo salvaje, del carenado de una máquina con varios motores y equipos, pero un solo rugido. El que para el nº 99 –sexto piloto con más victorias de la historia del motociclismo, sólo superado por leyendas como Agostini, Rossi, Márquez y Hailwood- portó con honor los colores de Yamaha (2008-2016), Ducati (2016-2018) y Honda.

“Me pone orgulloso y feliz que todos estéis aquí. Significa mucho para mí. Siempre he creído que hay cuatro días que son los más importantes para la vida de un piloto. El primero es cuando debutas en el Mundial, el segundo cuando ganas tu primera carrera. Después está cuando ganas tu primer Mundial, algo que no pueden hacer todos y luego está cuando anuncias tu retirada. Como podéis imaginar ese día ha llegado para mí y estoy aquí para anunciar que esta será mi última carrera en MotoGP y que tras ella me retiro como piloto profesional».

La llegada del cuarto día

En el cuarto día Lorenzo habló de que en estos últimos tiempos, en los que sus vértebras saltaron por los aires, no se veía capaz de escalar esta montaña. Y lo hizo certeramente, porque como los alpinistas, en el mundo del deporte puede que no exista otra especialidad en la que se ponga tanto en riesgo la integridad física, la vida del deportista. Tan solo por esa circunstancia, que les debe y debería unir a todos, el respeto más absoluto a la totalidad de los pilotos, desde el que jamás consiguió un solo punto, hasta el que los consiguió casi todos.

Dicen los pilotos que la adrenalina que sienten al correr es como el latido de un corazón que es motor y se desata en cada curva, cada frenada, cada adelantamiento, con el cuchillo de las ruedas marcando las trazadas y cortando el viento. Una historia de lucha que les acerca a la eternidad, arriesgando la vida al filo de una tumbada imposible. Y como nadie está exento de las derrotas, ahora que Jorge no se siente capaz de seguir al máximo nivel, de llevar la competitividad, al filo del funambulismo, lo verdaderamente importante es conocer las razones por las que se está luchando.

Lorenzo, segundo campeón español de la categoría reina tras Crivillé, considera con buen criterio que ya luchó lo suficiente, y todo pese a que su segundo apellido es Guerrero y a su ya reconocida ‘alma espartana’. Como el 100% de los pilotos tiene trazado el mapa óseo de los circuitos, en un cuerpo lleno de clavos y cicatrices. Lleva tatuado en su piel el asfalto de las caídas y en su corazón la bandera a cuadros que le despedirá para siempre en el Ricardo Tormo de Cheste.

Pura poesía de Píndaro, la de un arte complejo, que cantó y contó hazañas de un rugido de motor destinado a sobrevivir al tiempo. Pura retórica y recursos estilísticos destinados a comparar al deportista con el mito, proclamando la inmortalidad de su nº99. Por todo ello, gracias Giorgio, X Fuera y por dentro, pues pese a que la personalidad del piloto balear creó filias y fobias, en el momento de su retirada solo cabe una posible respuesta, por su puesto en forma de sinécdoque: Simplemente para quitarse el casco y ponerse de pie sobre la moto, para alzar su bandera pirata, aunque sea con parche en el ojo y pata de palo…

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