Reportajes

Just Fontaine, Yo soy la justicia… del gol

Año 1958, en el aeropuerto de Munich-Reim, en medio de una fuerte tormenta de nieve, el vuelo 609 ZE de BEA (British European Airways) en el que viajaba el club de fútbol Manchester United, que había realizado una parada técnica para repostar, se estrelló al intentar despegar por tercera vez. El mundo del fútbol se estremeció por completo por una noticia tremendamente triste, pero no sería la única ocasión en la que experimentaría ese tipo de sensaciones, aunque en la segunda de ellas, fue por un motivo absolutamente contrario y positivo al anterior. Y es que una luz emergió de Brasil, pues el mundo descubrió a Pelé, un niño de 16 años nacido para ser rey.

El récord de Fontaine

Precisamente en Suecia 1958, en aquel mundial del fenómeno de Tres Coraçoes, un marroquí con nacionalidad y ascendencia normanda hizo su propio desembarco histórico en los estadios suecos para registrar con 13 tantos el mejor promedio goleador en una cita de tal altura como la de un Campeonato del Mundo de fútbol.

El mundo siempre recordará a Pelé, pero los libros de historia guardan en un cajón cubierto de seis décadas de polvo, el récord de Just Fontaine. Ni el más voraz killer ha sido capaz siquiera de acercarse a sus números, cuentan con sorna sus amigos, sus más allegados, que el método de la criogenización resucitará a hombres que al despertar una de las primeras preguntas que formularán será la siguiente: ¿Han logrado batir el record de Fontaine? Y entonces les responderán: el alemán Gerd Müller con 10 goles en México 70 y el brasileño Ronaldo con ocho en Corea-Japón 2002 estuvieron cerca de hacerlo.

Fontaine sigue ahí como un ser inalcanzable para los números, pero además de un tremendo goleador, siempre fue un romántico del fútbol, pues cada vez que tuvo la oportunidad reivindicar el fútbol como espectáculo en el sentido lúdico del mismo, como juego capaz de remover y aflorar emociones a millones de personas, lo hizo. Hijo de normando y madre española nacido en Marrakech, sus primeros gemidos goleadores se escucharon en la por entonces caótica ciudad marroquí en la década de los treinta. Concretamente en 1933 cuando llegó al mundo para ser Justo profeta del gol, entre colonos y campesinos minifundistas la tierra parió al joven Fontaine, que desde muy niño quedó embrujado por el fútbol, atrapado por un balón que lo llevó a la romántica Casablanca y a las aulas del Lycée Lyautey, colegio universitario del protectorado francés donde los libros cedieron protagonismo a la pelota.

Creció soñando ser Ben Barek, aquella grandiosa pantera que enamoró a Marruecos, media Europa y a la afición del Atlético de Madrid. Se inició como jugador amateur en las filas del USM Casablanca, fructífero trienio (1950 a 53) en el que logró realizar 294 goles en 127 encuentros disputados. En 1953 se marchó a Francia para jugar en el Niza donde cumplió otro trienio más rubricado con 44 goles. Para entonces Fontaine era ya un profesional del gol, uno de esos asesinos a sueldo de corto que pululan por el escenario del crimen, indefectiblemente situado en la tierra de la verdad del fútbol, que no es otra que el área, por ello su pase al Reims en 1956 supuso la continuidad histórica de un equipo que recién pisaba la leyenda.

El Stade Reims y su sentencia goleadora

En ausencia de Raymond Kopa (fichado por el Real Madrid) el Stade Reims, poseedor del Fútbol Champagne que cautivó a Europa, Fontaine rellenó con goles el inmenso hueco dejado por el Napoleón del fútbol. Dirigido por la sapiencia de un ideólogo llamado Albert Batteux y secundado por Roger Piantoni y Jean Vincent, Jonquet, Giraudo, Leblond y Bliard, formó parte de una sinfonía tan solo silenciada por el Real Madrid de Di Stéfano (que le ganó la Copa de Europa de 1959), pues en la Liga francesa el equipo de Fontaine logró tres títulos de la Ligue, en 1958, 60 y 62 y una Copa de Francia en 1958.

Títulos todos ellos conseguidos en gran medida por la calidad y vistosidad de un juego que cobraba una efectividad diferencial en la sentencia goleadora del futbolista de Marrakech, que dejó como legado 121 goles en 6 temporadas. El Auguste Delaune jamás vio semejante goleador, y el Stade Reims nunca volvió a ser aquel equipo que enamoró a la gente en la segunda década de los cincuenta. Seis memorables temporadas cortadas abruptamente en un partido ante el Souchax, en el que su tibia chocó violentamente con la pierna de Siku, precediendo a unos alaridos que anunciaron pesimistas augurios para la carrera de un futbolista de leyenda. El diagnóstico certificó la grave lesión, una doble fractura de tibia y peroné que acabó prematuramente con su carrera a la edad de 28 años.

La leyenda de las botas prestadas

Es leyenda Fontaine por el reguero de pólvora que dejaron sus goles en la Ligue, surgidos de los cartuchos de dinamita que tenía por piernas, la derecha o la izquierda y viceversa, su velocidad, su regate, y esos remates de cabeza que efectuaba impulsados por saltos en los que su cabeza se cubría de nieve. Pero si por algo es legendario Fontaine, es por lo acontecido en el Mundial de Suecia de 1958, al que llegó con el rol de delantero reserva. No en vano el número nueve estaba reservado muy claramente en el titular para René Bliand, al que una tempestad de goles apartó de la historia.

Con unas botas prestadas por su compañero Stéphane Bruey hizo historia al anotar la escandalosa cifra de trece goles en seis partidos, pues la selección francesa llegó hasta las semifinales del Mundial de Suecia, endosando dos goleadas a Paraguay (7-3) y a Alemania (6-3), la por entonces vigente campeona del mundo. Como hizo Jairzinho con posterioridad, Fontaine anotó gol en cada partido de los que disputó, respecto a ello suele bromear con el alto porcentaje de efectividad que demostró en aquel Mundial, pues basa sus extraordinarias cifras goleadoras en el hecho de que aún no le conocían muy bien.

Fontaine era capaz de rematar hasta una lavadora suelta por el área, de los trece goles anotados siete los firmó con su pierna derecha, cinco con la zurda y el otro de cabeza. Otra de las razones de su desmesurada capacidad goleadora la encontramos en la figura de Raymond Kopa, uno de los grandes jugadores de la historia, que desde el primer instante en que compartió una cancha con Fontaine encontró la conexión perfecta y el delantero ideal para que sus finísimos pases fueran interpretados de la manera adecuada en el histórico mundial sueco.

Para el recuerdo y los libros de historia aquel 28 de junio de 1958 en el que Francia goleó a Alemania para lograr el tercer puesto, no solo especialmente por ello sino por los cuatro goles anotados por el Justo Profeta del gol. Cuatro versos sueltos por el área que cazó el trovador del arte supremo del fútbol: la definición. Cuatro metáforas que sumadas a las otras nueve del centrodelantero galo, compusieron el mejor poema goleador de la historia de los mundiales.

Yo soy la justicia, la del gol

Todos coincidiremos en el hecho de que 1958 fue el año I del reinado de Pelé, pero por la rendija del recuerdo se nos cuela otro monarca, Fontaine porque con cada remate gritó a los cuatro vientos del recuerdo: ¡Yo soy la justicia… del gol! Aquella fue su frase, su firma que fue a dormir a la red, vieja y sabia telaraña en la que quedaron atrapadas historias como la suya.

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