Opinión

Kipchoge demostró que Filípides era keniano

Han transcurrido ya dos semanas desde que el campeón olímpico de Río 2016, Eliud Kipchoge abrió la emblemática Puerta de Brandeburgo. Desde entonces, Chronos -verdadero dios del tiempo- sigue sin dar crédito a la gesta de aquel enjuto corredor con afilado cuerpo estructurado cual manecilla de segundero de reloj, como máquina humana que le puso rostro al dios del tiempo. De aquel que quiso desafiarle volando por las calles de Berlín un paso -una zancada- por delante de su imparable y mítica leyenda.

Chronos es la personificación del tiempo, incorpóreo, no se detuvo aquel día -jamás lo hará- pero dudó seriamente si Kipchoge no era en realidad Cronos disfrazado, el “dios del tiempo humano”, aquel titán con el que le suelen confundir. Por ello no tardó en preguntar directamente al titán si no había tenido algo que ver con aquella proeza, encarnando en una sombra keniana la concepción titánica del tiempo. Y resultó que del diálogo Khrónos vs Cronus, entre el dios primigenio personificación del tiempo y el dios del tiempo humano, surgió la figura de Kipchoge, forjado en la vasta faja de tierra de Kenia, en Eldoret, donde todos los niños quieren correr.

Jamás da un paso en falso, ni en la vida ni en la pista. Atleta que brilló primero en el tartán, para hacerles ver a ambos dioses que cuando el límite viene marcado por el ritmo del espíritu, las piernas del hombre comienzan a volar. Es entonces cuando el tiempo comienza a detenerse, rebajándose milésima a milésima, pisada a pisada, para tocar con las yemas del viento los límites existentes entre el hombre y el dios.

El atleta que corre con el ritmo del espíritu, que asegura que el alma transporta al cuerpo, en lugar de lo contrario, consiguió trasladar a un plano metafísico ese gran lema que transportó al mundo al concepto platónico del tiempo como imagen de eternidad en movimiento. Igualmente a la hipótesis de la existencia de la reencarnación, pues la marca de 2:01:39 (un minuto y 18 segundos inferior al récord anterior, 2: 02:57, de su compatriota Dennis Kimetto en 2014), le ubica en el correr de Zatopek, en los pies descalzos de Bikila. Dejando atrás a Da Costa, Khannouchi, Tergat. Gebreselassie, Makau, Kipsang y Kimetto. Los cuatro últimos kenianos, reyes del Everest de los corredores, de los 42.195 kilómetros del eterno romanticismo del maratón. Y fundamentalmente en la ya asentada creencia de que Filípides o Fidípides, era en realidad africano -keniano- pero griego de adopción.

Han pasado 2.500 años desde la Batalla de Maratón, en la que la leyenda contó que los griegos vencieron a los persas, quizás demasiado tiempo, pero la marca de Kipchoge ha conseguido hacer creer al mundo que ni un solo segundo transcurrió desde entonces. Eliud se vistió de aquel mensajero que no corrió para anunciar una victoria, sino para pedir auxilio a los espartanos en referencia a la sombra persa que se cernía sobre el mundo griego.

Fue y es la personificación del mito, como Filípides, podría correr en menos de 48 horas, 240 kilómetros en lugar de los 42.195 del maratón y podría hacerlo sin morir en el intento. Sencillamente porque es keniano y porque en su duodécima maratón Kipchoge, el ser humano que ha avanzado enormemente en la tecnología deportiva y nutritiva para desafiar a Chronos y a Cronos- corrió con el mito en los talones y la épica en el corazón. Con los pies en el suelo de training camp de Global Sports de Kaptagat, una vida intensamente dedicada a su sueño que transcurre en una habitación de ladrillo y techo de uralita. Con Aristóteles como motivador -es asiduo lector del filósofo griego- y sin hacer ningún tipo de ostentación, pero con el ritmo de un espíritu que del mundo físico al metafísico la puerta de Berlín atravesó…

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