Óscar Sevilla
Reportajes

La casa de los líos

Más allá de la boda de la hija de Aznar, del aniversario del 11-S y de los Zidanes y Pavones de Florentino Pérez, 2002 fue también el año de una de las historias más rocambolescas que se recuerdan en el ciclismo, un thriller de guion incierto, muy hollywoodense, con buenos y malos, donde las traiciones abundan y las amistades se rompen. Una película de La Vuelta a España, una saga, para ser sinceros, que se inició en 1998, cuando Abraham Olano y El Chava Jiménez protagonizaron un duelo fratricida que casi acaba a tiros en la sucursal de Banesto y que, cuatro años después, iba a tener secuela. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero Aitor González y Óscar Sevilla, del equipo Kelme-Costa Blanca, rompieron el dicho.

Pongámonos en situación porque, cosas del destino, ambos corredores llegaron juntos a la estructura ilicitana en 1998. Crecieron a la par, pero sus caminos viraron en direcciones opuestas: la de Sevilla, hacia el éxito -devorando grandes carreras hasta convertirse en el líder del equipo- la de Aitor, hacia el ostracismo por su falta de profesionalidad y su carácter indomable. En 2001, el manchego ya era algo más que un corredor de futuro: séptimo en el Tour de Francia, maillot blanco de los jóvenes y segundo de la Vuelta. Su nombre prosperaba, sus honorarios también. Su liderazgo era indiscutible, pero entonces, un año después, llegó la gran explosión de Aitor.

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Un reportaje de Christian Giner.

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