Héctor Castro
Reportajes

La formidable audacia del ‘Divino Manco’

La historia de los mundiales de fútbol está repleta de personajes que han dejado huella de una o de otra manera en ellos. Hoy nos retrotraemos 84 años, hasta 1930, para conocer el caso de Héctor Castro, un uruguayo que fue capaz de superar todas las adversidades y hándicaps que la vida le planteó con tal de cumplir su sueño: defender la elástica de su país y bordar una estrella de campeón del mundo en la zamarra charrúa.

Montevideo fue el lugar que vio nacer a Castro un 29 de noviembre de 1904. De padres gallegos, como cientos de niños en Sudamérica empezó a patear el cuero en las calles de su barrio, mostrando una pasión y cualidades innatas para la práctica del fútbol. Dadas las necesidades comenzó a trabajar a la temprana edad de diez años. Con trece años sucedería un hecho que marcaría su vida para siempre. Una sierra eléctrica le cortó el brazo derecho unos centímetros por debajo del codo, lo que le dejó sin prácticamente antebrazo diestro.

Lejos de amilanarse y de rendirse, Castro decidió luchar por conseguir sus sueños futbolísticos al precio que fuera. Jugar sin casi movilidad en un brazo no iba a ser un problema para él; con trabajo y tesón sería capaz de hacer ventaja la desventaja y de sacar partido a su discapacidad.




Sus principales cualidades eran la velocidad y una habilidad magnífica con el balón y sin él. Delantero por vocación, su idea del fútbol empezaba en gol y acababa en gol. Puro olfato anotador mezclado con una dosis de picardía, lo que le convertía en un ariete que daba mucha ‘guerra’ y en alguien complicado de defender para sus marcadores.

A los diecisiete años empezó a recoger los frutos de su constante trabajo y lucha firmando un contrato con el Atlético Lito, donde llamó la atención de los grandes clubes del fútbol uruagayo. Uno de los grandes, el Nacional, fue a por él con veinte años. En su primera temporada allí logró levantar el entorchado liguero brindando actuaciones sobresalientes. Su buen hacer con su equipo le valió la convocatoria con la selección de Uruguay para la Copa América de 1926 y los Juegos Olímpicos de 1928.

Aunque sin duda, el premio más ambicioso y mayor para Héctor Castro estaba por llegar. Uruguay ejercía de anfitriona en 1930 del primer Mundial de la historia y él era titular en el debut frente a Perú. El minuto 65 de aquel partido pasó a la historia por ser el momento en el que se produjese el primer gol en la historia de las Copas del Mundo; y sí, fue obra de Castro.

A partir de ese momento se empezó a forjar la leyenda del audaz delantero uruguayo, que hacía de su brazo mutilado un arma para salir bien parado en saltos o balones divididos, sacando ventaja a sus oponentes. De esta manera desarrolló por obligación una genuina habilidad con su brazo derecho que le valió el apodo de “El Divino Manco” en su país natal.

Uruguay acabaría ganando aquel Mundial de 1930 endosándole un contundente 4-2 a Argentina en la final. Castro marcaría el cuarto gol de su selección que a la postre significaría el alzamiento del título para el combinado dirigido por Alberto Supicci.

Colgó las botas en 1936 dejando en su haber 18 goles en 25 partidos con la selección. Un guarismo nada desdeñable si tenemos en cuenta la particular situación y déficit físico del ariete.

Después de haber hecho historia como jugador, decidió cruzar la línea de cal y sentarse en los banquillos. Con Nacional de Montevideo ganó cinco ligas –cuatro de ellas consecutivas- y continuó engrandeciendo su figura hasta el punto de en 1959 ser elegido seleccionador uruguayo. Era el culmen a una vida deportiva cargada de obstáculos y baches que a menudo eran superados.

Sin embargo, la vida se tomó la revancha con el bueno de Héctor Castro y un 15 de septiembre de 1960 se lo llevaba de este mundo debido a un infarto de miocardio con 55 años. No tuvo tiempo para hacer campeona a Uruguay como entrenador pero sí que lo tuvo de dar una lección de cómo lograr un sueño de niño venciendo una limitación o barrera física, además, claro está, de ganarse el corazón de todos los charrúas y del mundo del deporte, que tienen en él un ejemplo de vitalidad y de entrega.

Alberto Ardila.

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