Opinión

La gran quimera de Messi

Para un irrepetible jugador que desde niño creció en la enseñanza de sortear quimeras, el hecho de que la mayor e infranqueable de ellas se haya convertido en su selección resulta tan doloroso como inexplicable. Para un país que siempre creyó en el fútbol como una manera de llegar a D10S, resulta igualmente doloroso e inexplicable pues prácticamente desde la caída a los infiernos del Diego -al que siempre consideraron su verdadero D10S- ni un futbolista inigualable como Leo Messi ha conseguido solventar la profunda crisis de fe a la que desde entonces se enfrentan y padecen.

De un modo u otro resulta tremendamente paradójico que Argentina, que dio al fútbol el sentir del potrero, el arte de la gambeta y a una infinidad de genios, entre los que brillaron con luz cegadora tres astros de leyenda como Di Stéfano, Maradona y Leo Messi, esté instalado en la devastadora realidad del fracaso. En el inmenso monstruo de la derrota, la quimera del número diez, un verso perdido en el abismo de las finales escapadas por las rendijas de la soledad, la ausencia…

De aquel que está considerado como uno de los mejores jugadores de la historia siempre se espera mucho más, pero hace tiempo que a Leo Messi le superó la situación y no es capaz de soportar el peso de un país que parece haber dejado de creer en el fútbol. Dudar de Messi resulta tan absurdo como dudar de Argentina, sencillamente porque la historia está ahí y es imposible borrarla, y tanto uno como otro han certificado con hechos su inmensa contribución al juego, pero la cruda realidad revela que la asociación Messi-selección ha creado uno de los dilemas más grandes y la quimera más paradójica de la historia del fútbol mundial. Uno de los mejores de la historia y un país que convirtió su forma de concebir el juego en seña de identidad, son extrañamente incompatibles con el éxito, parecen predestinados para perder.

Lo evidente es que Argentina dejó de creer en el fútbol y Messi dejó de creer en la Albiceleste, o lo que es lo mismo, ambos dejaron de creer en su D10S. Es evidente que el único hilo que conecta a Messi con su selección es aquella carta de la profesora que le animó a no rendirse, a demostrar que los héroes son humanos, y que no siempre se puede ganar, pero a Leo el monstruo de las tres cabezas le devoró el corazón por completo. Se puede escribir y debatir sobre todo tipo de razones futbolísticas, sobre la alarmante transformación que parece experimentar cuando porta los colores de la selección y los del Barcelona, sobre si Leo es el jugador que es por cómo estuvo rodeado en la Ciudad Condal… El caso es que aquella carta escrita por una maestra de cuarto grado de Entre Ríos, comenzaba así: Probablemente jamás leas esta carta. Pero la escribo igual…

Y la realidad es que desde entonces -excepto el incuestionable compromiso y amor del rosarino por su país- nada cambió. Casi con toda seguridad si Messi no la hubiera leído, Argentina no estaría en el Mundial de Rusia porque sencillamente no se habría si quiera clasificado. Argentina y Messi siguen escribiendo igual sobre el verde las letras del himno a la tristeza que se escapan por las atómicas horas del tiempo. Un tiempo cósmico perdido que se diluye, un elixir convertido en veneno sobre grises jardines en los que apenas quedan briznas de hierba y pequeños jirones de un esplendor antiguo al que alienta una gran historia dolorida. Quizás todo pueda responder a razones futbolísticas, a razones psicológicas, pero existe una fundada sensación de ausencia del diez desde aquella renuncia.

Leo, al que se le acusa injustamente de que nunca estuvo, volvió físicamente, pero su cabeza se quedó en aquellas derrotas y su corazón había sido ya devorado por su quimera. La quimera de su selección, la de uno de los mejores jugadores de la historia al que prácticamente en ningún momento se le pudo disfrutar en su mejor versión con la Albiceleste, con la que le llegó para ser subcampeón de todo, para vivir el sueño de un dios sin tiempo y un tiempo sin dios, como de estrellas rotas.

Un tiempo para glorificar a D10S en las alturas y echar tierra sobre el hombre en su particular infierno, la desolación del héroe ante la quimera. Esas luces que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor, el vivir -como ya cantó Gardel- con el alma aferrada a un dulce recuerdo que llora otra vez. El miedo del encuentro con el pasado que vuelve matando una vieja ilusión…

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