Reportajes

Laura Palacio, «Be water, my friend»

El karate es lucha, enseñanza, defensa personal, superación y adaptación ante cualquier evento o circunstancia. Poco antes de su fallecimiento, en su última entrevista televisiva, el afamado Bruce Lee pronunció una frase en el programa canadiense de Pierre Berton que se convirtió en legendaria.

Lee practicaba el Jeet Kune Do, arte marcial muy transgresor por la cantidad ilimitada de recursos que se ponen en práctica en combate. Una circunstancia que le permitía adaptarse a todo evento inesperado; por ello resumió su estilo de lucha y filosofía vital con aquel “Be water, my friend” (sé agua, amigo mío). Y lo hizo en referencia a esa adaptación, a la anticipación, al uso correcto de las fuerzas propias y contrarias, de ataque y defensa. Sin duda como forma de fluir, de vivir, luchar, combatir, golpear, con el empleo de la fuerza líquida, aquella capaz de adaptarse a todo tipo de circunstancias y afrontarlas haciendo frente a la relatividad de los valores, la incertidumbre de una manera firme pero maleable, de un modo absolutamente natural.

Y en la historia personal de Laura Palacio, en las tres ruedas de la K del karate, -Kihon, Kata y Kumite-, concretamente en la disciplina deportiva en la que brilla Laura, el Shiai Kumite -Kumite Deportivo- se traza la metáfora vital/personal de la española. El conocido duelo a manos o asalto, aquel duelo que sin serlo ante el adversario -que no enemigo- puede que haya perdido parte de la esencia del karate original, de su instinto. Que por su carácter deportivo y de competición; en ese afán de marcar puntos quizás haya perdido por el camino técnicas originales y el verdadero sentido para el que se creó, pero jamás la búsqueda del «Do», la senda de la espiritualidad en su sentido más amplio. Y el ejemplo es Laura, campeona de Europa de kumite en la categoría de más de 68 kilos, título conquistado tras derrotar en la final por 2-1 a la griega Eleni Chatziliadou, vigente campeona mundial y subcampeona continental.

Pues no fue nada sencillo porque Laura tuvo que ser agua para adaptarse a las complicadas circunstancias personales a las que se tuvo que enfrentar durante el trayecto, desde que logró el bronce en el europeo de 2014 y repitió metal en el de 2018 disputado en Novi Sad -Serbia-, pero muy especialmente en los últimos tiempos. No en vano la vida, esa incertidumbre tan jodida como maravillosa de cada amanecer, de cada anochecer, le hizo encajar el segundo mayor golpe de su existencia -el primero lo encajó en 2009 cuando falleció su padre-. Su madre, aquella mujer que con solo seis años la apuntó a karate para que aprendiera a defenderse ante las adversidades, recibió la noticia de que padecía cáncer y Laura no dudó un solo segundo en trasladarse junto a ella a Madrid -Laura residía desde 2014 en Tenerife junto a Javier Orán, su marido y entrenador-, para luchar intensamente, codo a codo contra la enfermedad.

Un triunfo inolvidable

Sigue siendo -como ella ha comentado en más de una ocasión- su padre aquella estrella que brilla como fan número uno, es además su hermana otro apoyo fundamental. Son sus lágrimas en el podio metáfora de la lucha, un torrente de ser agua derramado por sus mejillas, enmarcando un verso acuoso como mensaje vital hacia su madre. Y fue tremendamente complejo, en un encuentro -combate- muy disputado; con reclamación de revisión del vídeo de un yuko por parte de la griega, además de otro yuko con el que llegó claramente Chatziliadou al rostro de la española a 1:49 para el final, la espectacular reacción de Laura, marcando un wa-azari, validado tras la revisión del vídeo solicitado por el seleccionador Ángel Arenas. Aquel que le sirvió para cobrar una ventaja 2-1 con la que pudo resistir hasta el final, dándole felizmente el título, una victoria que no olvidará jamás.

Son muchas las razones, antes del pasado Mundial su madre recibió un intenso y fuerte tratamiento de quimio para poner freno a la enfermedad y la metástasis que padecía. Justo cuando pasó aquella etapa sufrió un accidente en el que se fracturó la tibia y el peroné. En aquel Mundial, Laura -policía de profesión en la Brigada de Participación Ciudadana- pasó por momentos críticos, tanto deportivos como personales, pero aprendió a adaptarse a las circunstancias, a la incertidumbre, a perder sin perder el norte, a seguir en el camino. Como ella misma ha comentado solo se alejaba de su madre para acudir a sus dos entrenamientos diarios; echaba en falta la rutina con Javier Orán, emocionalmente fue tremendamente duro. Regresaba a la lucha enmarcada en el rostro de su madre y se convertía en agua, en pura lágrima, como forma de fluir, de vivir, luchar, combatir…

Por eso cuando en Guadalajara, ya en el Campeonato de Europa logró la victoria y se vio en el podio, se desbrodaron todas las emociones. Por ello se tiró al suelo nada más finalizar el combate, lloró en ese medio acuoso de la relatividad del tatami de la vida, de su escala de valores. Abrazó al seleccionador y salió disparada hacia la grada para fundirse en un solo ser con su madre. Sencillamente porque Laura -y su madre- encontraron el Do y fluyeron como el agua. Fueron taza y agua, pues es esa medalla de oro el camino de la superación, el de Laura y su madre, un inmenso wa-azari, tan enorme como aquella mítica frase: “Be water, my friend”.

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