Opinión

Locura humana en el Everest

La montaña para los alpinistas es una escuela de vida, un enorme reto, una forma de descubrirse a uno mismo, de enfrentarse a situaciones límite. Como dijo el legendario Reinhold Messner: “La aventura no existe si no hay riesgo de morir”, y como respondió el no menos legendario y malogrado Mallory al ser interrogado el por qué ese afán, esa pasión, por ascender por las rocas heladas del Everest: “Simplemente porque está ahí”.
Porque ese desafío vertical se encuentra ahí, porque su cumbre llama a los verdaderos alpinistas a los límites físicos y psíquicos. Abrir nuevas vertientes, entablar una lucha y un diálogo con sus paredes, sus obstáculos, y ese inmenso poder que posee la montaña de reclamar lo que es suyo.

El camino hacia la cima es la senda hacia uno mismo, hacia la introspección, pero tan solo la mitad del camino, la otra se encuentra en la cumbre y se valora especialmente en casa cuando se comprende que no existe sensación similar a aquella que la de sentirse vivo y en conexión con aquellos monstruos de la naturaleza. Simplemente porque allá arriba se siente la pequeñez y la grandeza, ese silencio indescifrable

Por todas estas circunstancias, cuando el pasado 22 de mayo se pudo contemplar por televisión el récord de 200 personas en fila india coronando la cima del Everest la primera sensación que sintió todo aquel que ama el alpinismo fue de sorpresa e incredulidad, pero inmediatamente les sobrevino el sentimiento de la vergüenza e indignación.

Dicen que el Everest muere de éxito, pero lo único que sucede es que el ser humano ha convertido un deporte noble en un negocio absurdo. Los seres humanos han creado culturas y civilizaciones maravillosas, pero a día de hoy, esta civilización se está convirtiendo en un virus que le pierde el respeto a la naturaleza y a un gran número de valores.

El Everest es un gigante bellísimo, un icono del alpinismo y una escalera hacia el cielo, nada que ver con entrar en ningún récord, y mucho menos con la puesta en marcha de un parque temático. Aquellos inconscientes que crean un embotellamiento de personas a 8.500 metros de altura, no tienen la menor idea del verdadero espíritu del alpinismo y mucho menos de los riesgos que ello conlleva.

En el techo del mundo no hay lugar para el show, no puede ser que las cifras de cima se acerquen a las 200 y 300, y por ello, por este vergonzoso circo las cifras de fallecidos en lo que va de año no dejan de crecer de forma exponencial. Resulta triste comprobar cómo el ser humano le ha perdido el respeto al Everest, y en esencia al montañismo. No menos indignas y penosas respecto a lo que significamos a día de hoy como civilización son las imágenes que llegan de las caras del bello Everest convertidas en un estercolero en su campo base.


Queda por tanto redactada la denuncia de esta redacción, que respeta al alpinista, a su verdadera motivación, ama al deporte y siente la necesidad de conservación de un gigante llamado Everest. Aquel que no merece para nada la presencia de este tipo de seres humanos viralizados, sino la de aquel deportista capaz de entablar un diálogo y una lucha con cada sacrificado paso que da hacia aquella cima. Porque allá el alpinista se sintió más pequeño y vivo que nunca, pocos segundos antes de percibir aquella pura pasión de ser uno con la montaña, la naturaleza…

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