Lydia Valentin
Reportajes

Lydia Valentín, fuego otoñal en el corazón del Bierzo

Cuando el equipo nacional de halterofilia eligió León para preparar una parte del Mundial de Asjabad (Turkmenistán), lo hizo sin duda para que los trece compañeros que trabajaron duro en el CAR de la citada tierra siguieran muy cerca de su propia casa -en Camponaraya- al gran referente nacional en el citado deporte: la berciana Lydia Valentín Pérez.

Si hubiera que definir con brevedad y precisión la clave del éxito de Lydia sin duda la mejor frase para ello sería su tremenda fuerza -paradójicamente no física sino de trabajo y voluntad- para abrirse camino entre las sombras y la soledad marcando la senda a toda una generación de deportistas que la seguirán. Su pueblo, Camponaraya, se encuentra en la ruta que los peregrinos siguen hacia Santiago de Compostela y en gran medida la llegada de Lydia al más alto nivel competitivo en la halterofilia ha sido todo un camino de peregrinación.

Peregrina de la halterofilia

Cuentan los peregrinos que atravesar el corazón del Bierzo constituye una experiencia única, que deja huella. Entrando por la calle principal del pueblo de Camponaraya caminan hasta la ermita de «Nuestra Señora de la Soledad», y las huellas de Lydia están en ese camino porque durante una buena parte de su trayecto -iniciático/vital- viajó sola, pues no es sencillo abrir semejante brecha en un deporte minoritario en el territorio español.

Desde pequeña sintió atracción por varias disciplinas deportivas, y en concreto por la que acabó perfilando su personalidad. Con once años tuvo sus primeros contactos con la halterofilia y pronto comenzó a brillar, a demostrar que tenía algo especial e Isaac Álvarez se percató de ello, pero para nada podía imaginar hasta dónde llegaría, al punto de discutir el reinado de las levantadoras rusas. Quizás el secreto reside en que Lydia jamás dejó de prestar atención al camino, aprendiendo durante el trayecto que la senda, directamente proporcional al sacrificio y los obstáculos que encontró, fue la que realmente la enriqueció para llegar al objetivo.

Valentín es toda una peregrina, un ejemplo a seguir porque es la única haltera que ha logrado tres medallas en los Juegos Olímpicos -un oro (Londres 2012), una plata (Pekín 2008) y un bronce (Río 2016)- dominando el circuito europeo y mundial de su categoría con cinco oros y un bronce en los dos últimos Mundiales, además de cuatro oros Europeos. Su reciente conquista constituye una nueva demostración de poder y fortaleza mental, pues tras su estancia inicial de preparación cerca de casa, afinó su estado físico en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, donde comenzó a sentir molestias en el hombro. Tuvo que tomar entonces la decisión de competir o quedarse en España para llegar en plenitud a la clasificación para los Juegos, pero Lydia tenía la intuición de que podía hacer algo grande, como finalmente acabó haciendo.

La de Camponaraya eligió una vez más el camino correcto, tuvo que competir en la categoría de 81 kg de peso -la suya es la de 75kg- debido a esos problemas físicos, que la llevaron a completar un trabajo conservador destinado a no perder masa muscular y así no verse afectada por el contratiempo. Por la citada razón hay que valorar enormemente sus dos oros y el bronce en el Mundial, que logró gracias a los 113 kilos que levantó para sellar el título en arrancada y que le abrieron el camino para proclamarse también campeona en el total con 249 kilos, superando a la bielorrusa Darya Naumava (245). Mucho más teniendo en cuenta que tan solo un error en el primer intento en dos tiempos, le privaron del triplete al levantar 136 kilos, en lugar de los 137 con los que Naumava y Salazar la superaron.

Fuego de otoño

Lydia no es una mutante surgida las mentes de Jack Kirby o Stan Lee -aunque podría serlo-, sino una mujer rural que gracias a su fortaleza, dedicación -y al Botillo del Bierzo-, ha demostrado que en pleno corazón de aquella tierra berciana existía una veta de oro por explotar. Todo ello en un deporte, que hasta su irrupción jamás encontró hueco en las portadas de los grandes medios de comunicación.

Valentín recibió la medalla de oro de Camponaraya, en tierras de magosto, castañas y fuego de otoño se premió a su constancia, la disciplina, el sacrificio y el entreno. También en cierta medida a aquellas primeras semillas sembradas por Antonio Canedo -alcalde ya desaparecido de su pueblo- y José Luis Saéz, en el club ‘A Tope’ de Cacabelos en los años sesenta cuando comenzaron a promocionar la halterofilia haciendo pesas con latas de sardinas vacías rellenas de cemento y con una barra del puente que se había caído.

De aquel puente caído al levantado por Valentín, nombrada mejor halterófila del mundo en 2017. Hoy con el lenguaje de un corazón berciano impulsado durante el camino con pequeñas victorias, levanta el peso de la historia para esgrimir correctamente la espada de la lucha que abre paso a toda una generación. Una generación que sueña con seguir sus huellas, peregrinando por la calle principal del pueblo de Camponaraya hasta la ermita de «Nuestra Señora de la Soledad», en la que las campanas repican por los éxitos de Lydia, que huelen a castaña asada, suenan al crepitar de una hoguera y el fuego otoñal del Bierzo en noviembre…

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