Opinión

Olvido vitalicio y el CAR

A este mundo, esta sociedad, este país, lo que desafortunadamente lo mueve y conmueve es la muerte cuando, en realidad, lo que debe y debería mover y conmover es la vida. Y vida, entre otras muchas cualidades, es lo que aporta y siempre aportó el deporte al ser humano. Porque la vida es competición, compañerismo, superación… porque es vida el deporte y el deporte toda una vida.

Por todas estas razones, los últimos acontecimientos acaecidos en torno a la figura mítica de Blanca-nieves Fernández Ochoa -su hermano Paco- y toda su familia, merecen una reflexión. A la lógica espera de la conclusión del caso de una desaparición judicializada, al respeto que merece su familia, su figura, sus paisanos y todos aquellos que han intervenido en su búsqueda, desde esta redacción transmitimos toda la fuerza y el cariño posible en estos delicados momentos. De cualquier modo, no es la muerte, en ninguno de los casos, la que guía las frases, las letras, que se deslizan en slalom, montaña abajo, de este artículo de opinión.

Hace unos nueve meses, en la edición nº 26 de la revista de Olympo Deportivo, se abordó la figura legendaria tanto de Paquito, como de Blanca. En una de las frases la vida se adelantó a la muerte puesto que decía lo siguiente: “En Cercedilla, en Los Siete Picos, Los Siete Reinos (haciendo un símil con la serie Juego de Tronos), se encuentra el punto de partida y final de los Ochoa”.

Paquito falleció a los 56 años, Blanca descansó a esa misma edad y en aquella misma cadena montañosa en la que todo comenzó, la de los Siete Picos y sus siete hermanos. Desapareció un buen día para caminar, para pensar, para estar sola, pero quizás Blanca, la primera mujer medallista olímpica española, había desaparecido mucho antes de la memoria colectiva.

Blanca quedó reducida a aquella avenida a la que pusieron su nombre o aquella estatua de su hermano en su amada Cercedilla. Resulta paradójico que los políticos disfruten de un sueldo vitalicio, retiradas a sillones dorados a medida en puestos directivos de grandes empresas, mientras que deportistas que han representado, representan y en un futuro representarán a España, llevando su nombre a lo más alto en JJOO, mundiales y campeonatos de Europa, están y estarán condenados al olvido vitalicio.

CAR, Centro de Alto Reconocimiento

No es un tema baladí porque estos chicos y chicas renuncian y han renunciado a una infancia, a una juventud, normal para dedicarse por completo al deporte de alta competición. Y no todos en el deporte de élite poseen la fortuna de cerrar contratos de patrocinio e imagen, como para labrarse un futuro asegurado, para ese momento en el que los focos se apaguen, las medallas dejen de brillar, los trofeos se conviertan en el metal de la nostalgia y el paso del tiempo les avoque al desván del olvido. No todos son futbolistas, tenistas, pilotos de motos…

De la misma manera que existe todo un organigrama y una red de Centros de Alto Rendimiento CAR, repartidos por la geografía nacional para la formación de los nuevos talentos, tanto las distintas federaciones deportivas como el Consejo Superior de Deportes deberían crear ese otro CAR que no existe, un Centro de Alto Reconocimiento. Un organismo dedicado única y exclusivamente a salvaguardar y proteger a los deportistas españoles que han representado a nuestro país desde el momento de su retirada.

Olvido vitalicio

Posiblemente no sea una cuestión de conceder pensiones vitalicia pero lo que no se puede contemplar, ni en ninguno de los casos permitir, es el olvido vitalicio. Sencillamente es una cuestión de vida, no de muerte, estos deportistas que han dado todo, tienen tanto o más que dar cuando se retiran que en el momento en el que estaban en activo. En aquellos días felices en los que todos querían salir en la foto junto al icono o la leyenda en cuestión.

No en vano, su experiencia es oro puro para transmitir a las futuras generaciones. Esta se ha de emplear, estructurar, a través de un organismo capaz de ofrecerles la oportunidad de integrarse en el proceso formativo de los que deben ser sus sucesores.

El olvido vitalicio jamás ha de ser una realidad. La muerte, en ninguno de los casos, es lo que ha de mover al deporte, mucho menos a la sociedad, sino la vida; el ejemplo de vida y superación de estos enormes deportistas. Como lo fue Blanca, la chica de los Siete Picos, la que para esta redacción siempre perteneció y permaneció en el CAR, ese Centro de Alto Reconocimiento, que hemos fundado en estas líneas reparadoras del olvido.

También las del centro del alto recuerdo, aquel CAR que quizás nunca se ponga en marcha o que en algún momento -casi con toda seguridad por iniciativa propia/privada de los deportistas- se constituirá. El Blan-CAR, el CAR de Blanca, el recuerdo vitalicio de su sonrisa, lo más puro de la vida, aquello que la política y las instituciones olvidan…

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