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Reyes ‘In memoriam’: “El pasaje del niño perdido”

Nada más posar su pierna zurda en el cielo a José Antonio Reyes le ha agarrado por las solapas de sus alas un viejo sabio llamado Luis Aragonés para decirle con firmeza: ¡Qué demonios hace usted aquí, chaval, que es demasiado pronto para que le toque! Y tan solo una estrella más atrás; Antonio, aquel que tiene las llaves de la puerta 16, le ha replicado: “Míster, como decía San Bernardo, a los viejos les espera la muerte a la puerta de su casa; a los jóvenes les espera al acecho” Inmediatamente después, el viejo sabio le ha dejado pasar y le ha dicho a ambos: “Van a hacer ustedes una banda izquierda irrepetible en el Edén del juego”.

Sin duda, porque irrepetible fue aquel José Antonio Reyes que el fútbol español pudo disfrutar en sus primeros años en Nervión. Decía el comediógrafo griego Menandro que aquel a quien aman los dioses muere joven y aquella zurda era demasiado querida por ellos. Tanto que desde que con once años comenzó a desprender chispazos de duende con aroma a romero, flor de Utrera e idioma caló, la afición sevillista se enamoró de su nueva Perla. En él, toda la esencia y personalidad de las eternas fugacidades, la fehaciente constatación de que los Reyes ‘Magos’ existen.

Dicen que Reyes no fue lo que pudo llegar a ser, posiblemente por talento podría haber llegado mucho más lejos a nivel futbolístico, pero aquellos que defienden -con parte de razón- su brillo como el de una estrella fugaz, subestiman el peso y la importancia histórica de la irrupción de José Antonio en un club como el hispalense, pues con él comenzó todo. Con toda probabilidad no comprenden que Reyes llegó donde quería llegar, que era a la felicidad con los suyos, en su tierra y con su gente.

Fue el icono de una generación de canteranos del Sevilla que le dio poder y futuro a la historia del club. Su talento, calidad y velocidad dieron sentido al trabajo de todo un grupo de técnicos que sentaron las bases de la que fue posiblemente mejor época de la historia del Sevilla. Ya lo dijo Caparrós, que había sido el jugador con más talento al que había tenido el placer de entrenar y, su traspaso al Arsenal para jugar en Highbury, el jardín de Thierry Henry, así lo corroboró. Pero Reyes, que era muy de Utrera, tan solo dejó algunos trazos en aquel jardín inglés, demostrando así que su ser, la razón de su fútbol, se quedó en un pequeño rincón de su pueblo natal. Como la anécdota que se cuenta de Fernanda cuando visitó Nueva York, -gran cantaora utrerana, junto a Bernarda una de las hijas de José- quizás lo primero que pensó al asomarse a la lejana ventana del fútbol inglés fue: ¿Utrera pá dónde cae? ¿P´allá o p´acá ?

Y entre allá y acá quedó la zurda de José Antonio, regresando por siempre a su Utrera querida, eternamente viva en un callejón con un arco encalado que antiguamente daba paso a la judería de la ciudad, aquel que todos conocen como el pasaje del niño perdido. Y en aquel pasaje, hoy que el fútbol, el Sevilla y tu familia te perdió, permanecerá eterna tu pierna izquierda, aquella que sacabas a pasear como lo más puro, muy de cuando en cuando, como los buenos y grandes cantes. Pues en la vida, como este utrerano de sonrisa permanente demostró, se puede ser fugaz y eterno al mismo tiempo. Por todo ello, sin olvidar que en Nervión forjó su eternidad -que es la del Sevilla-, ni en Londres, Madrid, Barcelona -Espanyol-, Córdoba, China o Almendralejo, jamás te olvidarán; sencillamente porque nunca dejarás de ser ese niño perdido en el pasaje del duende.

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