Ryder Cup
Opinión

Ryder Cup 2018: la cadena invisible

Medinah, Illinois, un domingo de septiembre. Martin Kaymer, un alemán espigado con cara de crío, busca desesperadamente el silencio. Se pone en cuclillas, hace visera con su mano para ocultar de su campo de visión los últimos rayos de luz de la tarde, se levanta, camina por el green, vuelve a agacharse. Acaba de pasarse del hoyo más de metro y medio en su intento de ganar la Ryder Cup, pero tiene otra oportunidad.

Tiene un putt corto, con una ligera caída de derecha a izquierda. No debería ser complicado, lo ha metido mil veces. Pero nunca lo ha tirado para ganar una Ryder Cup. Hay miles de siluetas azules y rojas a su alrededor en vilo, conteniendo un grito de júbilo que sólo la mitad de ellas podrá liberar. Se acerca a la bola bajo la mirada atenta de Chema Olazábal, el capitán del equipo europeo, y de una escuadra que ha protagonizado una remontada sin precedentes para llegar a este punto en el que se decide todo. Kaymer se toma su tiempo y golpea la bola, que rueda directa al hoyo. Europa gana la Ryder Cup y consuma la gesta que desde entonces será conocida como el Milagro de Medinah.

Olazábal mira al cielo y llora como un bebé. Es la edición de 2012, la primera sin su gran amigo Seve Ballesteros, el gran artífice de esta competición tal y como se la conoce hoy en día, uno de sus más fieros jugadores y la gran leyenda del golf europeo, fallecido un año antes. Olazábal había formado junto a Seve la pareja que aún a día de hoy conserva el récord de puntos en esta competición. Los jugadores europeos han vestido para la ocasión con la combinación de colores favorita del cántabro, la de ganar: de blanco y azul marino, con su logo inscrito en una manga. Nadie duda de que el espíritu de Seve ha estado flotando por el campo durante esa jornada, contagiando de triunfo a cada uno de los miembros del equipo del viejo continente. Para el mundo, ha sido la Ryder de Seve. Para mí, la primera sin ella.

Desde niño, yo pasaba las tardes con ella, viendo tenis y golf en su viejo televisor. Al final de todo, ella ya casi no veía, pero aún reconocía a todos los golfistas por su planta, por su forma de andar o por su posición ante la bola. Este es Montgomerie, con sus andares pasiegos. Ese, Harrington, mira como se espatarra. Cada dos años, el fin de semana de la Ryder era un rito irrenunciable: nuestra tradición. Un atracón de golf que, además, solía caer cerca de su cumpleaños, y de mi santo. Porque ella aún celebraba el santo, y aún no sé cómo, siempre tenía preparada una buena ración de jamón para sorprenderme por la ocasión.

Me fascinaba compartir con ella el entusiasmo al sentir a través de la pantalla los rugidos del público bramando ‘Europe, Europe’ o ‘USA, USA’ en función de los fogonazos que protagonizaba cada bando, cambiando el sino de un partido; disfrutábamos viendo a jugadores por lo general exquisitos mandando callar a los aficionados rivales, las banderas rojas y azules, los hundimientos históricos de grandes campeones ante la presión de la Ryder, las hazañas de segundos espadas, los duelos mano a mano inolvidables en los que dos jugadores sacaban el mejor juego de sus carreras, o la cantidad infinita de piques y gestos caballerosos que sólo pueden verse en esta competición.

Formar parte de los seleccionados ya significa mucho para cualquier jugador, y llegar a ganarla es un hito en sus carreras. Los niveles de estrés son elevadísimos para unos deportistas que, de forma excepcional, forman parte de un equipo en un deporte tan individualista como el golf; un sentimiento colectivo que se ve reforzado a través de la comunión con el público local, mucho más bullicioso de los límites habituales en una disciplina por lo general apegada a la etiqueta.

La Ryder está impregnada de una mística que la convierte en una competición legendaria, en una cadena invisible que une a todos los jugadores que han tenido la suerte de participar en ella en ediciones pasadas y ceden el testigo a los doce afortunados que representarán a su equipo, pero también a todos los aficionados que en algún momento vibraron con su magia.

Cada edición de la Ryder es un momento para mirar atrás, para unirse a la tradición de la competición y sentir más cercanos a los que la disfrutaron con nosotros. Un fin de semana donde los ausentes parecen estar más presentes que nunca. La competición de Seve, que inició la cadena invisible. De Celia Barquín, otra amante de la competición, que forma ya parte de ella, y por quien los jugadores lucirán un lazo amarillo durante sus partidos. Para el mundo, será su Ryder. Para mí, como siempre cada dos septiembres desde el Milagro de Medinah, también será la de mi abuela.

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